Crecimiento económico y sin trabajo decente

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Las cifras de crecimiento económico reveladas en días anteriores no son tan buenas como las quieren hacer ver

Por Héctor Vásquez Fernández

El Dane nos acaba de informar que en 2021 se presentó una importante recuperación de la economía. El PIB creció 10,6% respecto a 2020, el año del confinamiento y de las restricciones a la movilidad en el que la economía se contrajo en -6,8%. Es necesario resaltar este dato, pues significa que Colombia, al igual que la mayoría de los países de América Latina, logró superar los efectos negativos que la pandemia había creado en la economía, provocando su caída de forma dramática.

Según el Dane, en su boletín técnico del Producto Interno Bruto del IV trimestre de 2021,  el crecimiento estuvo soportado principalmente en los siguientes puntos:

  1. En el Comercio al por mayor y al por menor; reparación de vehículos automotores y motocicletas; transporte y almacenamiento; alojamiento y servicios de comida, actividades que aportaron 3,9 puntos porcentuales a la variación anual. Hay que anotar que estas actividades se caracterizan por un alto componente de trabajo informal, y que actividades como mantenimiento y reparación de vehículos y el transporte, presentan un crecimiento negativo respecto a 2019: -5,7% y -13,0%, respectivamente.
  2. En las industrias manufactureras, que aportaron 2 puntos porcentuales a la variación anual, entre las que se destacan los crecimientos de actividades como textiles y confecciones, cuero y sus productos, (esta actividad creció 41,0% con respecto a 2020, pero todavía no alcanza el nivel de 2019, año frente al cual su resultado es negativo, -19,2%); adicionalmente, 6 de 24 subsectores de la industria presentaron resultados negativos respecto a 2019.
  3. En la Administración pública y defensa; planes de seguridad social de afiliación obligatoria; educación; actividades de atención de la salud humana y de servicios sociales que crecieron 6,9%; actividades todas que aportaron 1,2 puntos porcentuales a la variación anual.

Aún con la importancia que tienen en sí mismo este crecimiento, no se puede perder de vista que esta comparación se hace respecto a un año en el que la economía, en vez de crecer se contrajo, pues si se compara con 2019, año en que la economía funcionó de manera “normal”, el crecimiento es apenas del 2.8%, por debajo del crecimiento promedio del 3,2% que presentó la economía entre 2012 y 2019, con el pico más alto en 2013, 4,87%, y el más bajo en 2017, 1,37%, según datos del Banco de la República.

Sin embargo, estos datos no nos dicen nada de cómo le fue a la gente, de qué tanto este crecimiento sirvió para mejorar la calidad de su vida, de sus ingresos y de su empleo medido en términos de Trabajo Decente.

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Impacto del crecimiento económico en los ingresos

Veamos cómo les fue a los trabajadores, al capital y a las empresas en su remuneración, esta última medida a través del excedente de explotación y del ingreso mixto. Este ingreso mixto constituye “el saldo contable de la cuenta de generación del ingreso de las empresas no constituidas en sociedad, propiedad de los miembros de los hogares”, expresión que no diferencia la porción de ese ingreso que corresponde a la retribución al trabajo, de la que corresponde a la “retribución de los activos que intervienen en el proceso productivo”.

A este respecto los datos del DANE informan lo siguiente:    

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El Producto Interno Bruto, PIB, que es la sumatoria de todos los valores agregados, o sea, de la nueva riqueza que el trabajo genera en cada una de las actividades de la economía, se distribuye entre los patronos o empleadores a través de “excedente de explotación” y del “ingreso mixto” 1 , los trabajadores y trabajadoras (remuneraciones a los asalariados), y el Estado, (impuestos menos subvenciones). El cuadro 2 nos ilustra acerca de cómo le fue a cada participante en este reparto, y en este sentido, quiénes se beneficiaron más con la recuperación de la economía.

Los datos del Dane incluyen únicamente tres trimestres completos de 2021 y por eso los hemos comparado con sus correspondientes de cada año. Como se aprecia, la estructura del PIB en Colombia en materia de ingresos es ampliamente favorable al capital, que tiene una incidencia del  54,7%: 35,0% el excedente de explotación y 19,7% el ingreso mixto; por su parte las trabajadoras, que son por lo menos 22 millones, participan con el 32,6%, y al Estado le correspondió el 12,7% en impuestos.

Los datos del Dane sobre los ingresos y el PIB, lo que están indicando es que los mayores beneficiados con la recuperación de la economía ha sido el capital, los patronos, que incrementaron su participación en el PIB en 3,9 puntos porcentuales con respecto a 2020 y 1,4 puntos con respecto a 2019; en cambio, los que perdieron fueron los trabajadores, que disminuyeron su participación en el PIB en 3,6 puntos porcentuales respecto a 2020 y un punto menos respecto a 2019.[2] Aquí, como en un juego de suma cero, lo que unos ganan lo pierden los otros, y los otros aquí son los trabajadores y trabajadoras, que en Colombia están muy poco organizados, (la tasa de sindicalización es apenas del 4.6%), lo que no les permite tener una incidencia real en la determinación de sus condiciones de trabajo y empleo y por lo tanto en la distribución del Valor Agregado (VA).

Esta distribución confirma, por un lado un crecimiento pro ricos, que beneficia principalmente a los propietarios del capital, no a las trabajadoras; y por otro, la característica profundamente desigual de nuestra sociedad, pues en las naciones más civilizadas e igualitarias, (aquellas que tienen una fuerte implantación del sindicalismo y de la negociación colectiva), como las que tienen algunos países de la OCDE, esta distribución es completamente al revés, pues en ellos las remuneraciones tienen una incidencia en el PIB que supera al 50% y el índice de GINI se encuentra entre 0,25 y 0,3, en tanto que, en Colombia está en 0.54, según el DANE.

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Salarios e ingresos del trabajo y demanda interna

No hay producción sin demanda, y en la economía colombiana los principales factores que la componen están ilustrados en el cuadro siguiente:

El principal componente del PIB desde la demanda es el gasto final del consumo de los hogares, que en el 2021 representó el 73,8% del PIB, un factor que desde 2005 ha representado en promedio el 68,8% del PIB. Dentro de los componentes de este gasto, uno de los principales es la remuneración de los asalariados, que hasta 2019 había tenido en una incidencia del 55,7% en este gasto disminuyó, componente que como ya vimos, disminuyó su participación en el PIB: 3,6 puntos porcentuales respecto a 2020 y un punto respecto a 2019.

Los demás componentes de este gasto son los siguientes: a. los Ingresos percibidos por los propietarios de las empresas no constituidas en sociedad de los hogares que tienen asalariados, (ingreso mixto de los empleadores); b. Ingresos percibidos por los propietarios de las empresas no constituidas en sociedad de los hogares que no tienen asalariados (ingresos mixtos de los trabajadores por cuenta propia); c. Ingresos por renta de la propiedad; y d. transferencias. Por tanto, el ingreso de los hogares agrupa los ingresos de miembros suyos en calidad de empleadores, de trabajadores por cuenta propia, o de asalariados, de los perceptores de ingresos por renta de la propiedad y transferencias (como las transferencias por “familias en acción”, jóvenes en acción”, “ingreso solidario”, “adulto mayor” y pensiones).

Si bien las remuneraciones de los asalariados son el componente más incidente de este gasto, 55,7%, han estado afectadas por las estrategias de contención salarial que han impuesto las empresas, principalmente a partir de la apertura económica que se inició a finales de los 90, por las estrategias antisindicales de los patronos, y por las reformas laborales que se han impuesto desde esos años (ley 50 de 1990, ley 789 de 2002), que tuvieron como propósito fundamental reducir costos laborales.

Respecto de los ingresos del trabajo de la población no asalariada, estos son en su mayoría muy precarios, pues un 52,2% de los hogares viven de la informalidad y un 19,4%, entre la informalidad y la formalidad, lo que explica que el 42% de la población esté en situación de pobreza, con un ingreso per cápita de apenas $630.833; y que el 15.1% de la población se encuentra en pobreza extrema, con un ingreso per cápita de solo $331.668, según el DANE

La situación no es peor por las remesas que envían los colombianos desde el exterior, las que en 2021 alcanzaron la suma de US$8.597 millones, o 33,3 billones de pesos, equivalentes al 5,0% del gasto del consumo final de los hogares, y porque a este gasto contribuyen también las transferencias que el gobierno le hace a la población más pobre, como “familias en acción” “jóvenes en acción”, “Colombia mayor”, “ingreso solidario”, y por las pensiones.

Los otros componentes del gasto son el gasto del consumo final del gobierno, que en 2021 presentó una incidencia del 17,5% en el PIB, y la formación bruta de capital, que es el gasto de las empresas en activos, con una incidencia del 18,6% en el PIB, ambos con un crecimiento positivo en el último año, no así la formación bruta de capital, cuyo crecimiento con respecto a 2019 fue negativo, -12,6%.

En cuanto a la demanda por importaciones, esta creció 27,5% en el último año, con una incidencia en el PIB del 22.6%. Este factor presentaba una incidencia del 17,7% promedio en el PIB hasta 2010 y del 22,0% promedio del 2010 en adelante, lo que quiere decir, que cada vez es mayor el consumo de productos importados, entre ellos alimentos, lo que tiene un impacto negativo sobre el empleo y sobre la seguridad alimentaria.

Lo que tenemos entonces, es un mercado interno muy pequeño, suficiente para que muy pocas empresas lo dominen a su antojo con enormes ganancias para sus dueños, pero con muy poco espacio para Mipymes, muchas de las cuales no cuenta con el margen suficiente para asumir los costos de la formalización, y completamente insuficiente para garantizarle a toda la población trabajo en condiciones dignas (Trabajo Decente), y protección social, incluyendo la protección de los ingresos en caso de invalidez, desempleo y vejez.

Para tener una idea acerca del tamaño de nuestra economía, comparémosla con economías similares en el continente y con la de Estados Unidos. Según la CEPAL,[3] en 2019 el PIB colombiano en dólares fue de US$323.616 millones, lo que equivale a un PIB per cápita de US$6.429. En ese mismo año, el PIB per cápita de algunos países de América fue el siguiente: Argentina, US$9.947; Brasil, US$8.898; Chile, US$14.896; Costa Rica US$12.244; Ecuador, US$6.183,8; México, US$9.946; Panamá, US$15.731; Perú, US$6.978; Uruguay, US$16.190; Estados Unidos, US$65.279,5 el PIB per cápita. (la economía de Estados Unidos es 66 veces el PIB de Colombia y 10 veces el PIB per cápita).

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Crecimiento económico, empleo y Trabajo Decente

El cuadro 3 presenta los principales indicadores del mercado laboral, e ilustra qué tanto este crecimiento de la economía favoreció el empleo y su calidad, medida en algunos indicadores de Trabajo Decente.


El modelo de desarrollo que las elites económicas y gobernantes le han impuesto a Colombia no favorece un desarrollo incluyente y con Trabajo Decente, como lo ilustra claramente el impacto del crecimiento de la economía en relación con el empleo y la protección social.

En 2019, con un funcionamiento “normal” de nuestra economía, teníamos una tasa de desempleo de más de dos dígitos, 10,5%, muy superior a la tasa promedio de América Latina. El desempleo castigaba más a las mujeres, 13,6% frente a 8,2% de los hombres, y más todavía a los jóvenes, 17,7%. El trabajo informal también era muy alto antes de la pandemia, 48,2% de la población ocupada, medido por la ocupación en empresas de hasta 5 trabajadores, y del 57,0% en promedio, medido en términos de Trabajo Decente, por la exclusión del sistema de protección social. Y en el trabajo por cuenta propia, que en un 80% es informal y que aparece más como una estrategia para lograr algún ingreso en ausencia de una renta básica, se empleaba el 38,6% de la población ocupada.

Como era de esperar, la pandemia del Covid agravó estos indicadores: la tasa de desempleo pasó del 10,5% al 16,1%; el desempleo de las mujeres pasó del 13,6% al 20,6%, y el de los jóvenes del 17,7% al 24,4%. La situación no fue peor en las estadísticas porque alrededor de 1.8 millones de personas que durante la pandemia se quedaron sin empleo, no tuvieron más remedio que salir del mercado de trabajo y refugiarse en la “inactividad”, lo que ayudó a que estos indicadores no fueran peores, un resultado que también se reflejó en la tasa global de participación, que bajó 6,8 puntos porcentuales, un indicador que mide la presión de la población en edad de trabajar por buscarse un lugar en el mercado de trabajo. Esta condición afectó mayoritariamente a las mujeres, las que en la población “inactiva” asumen mayoritariamente el trabajo del hogar y del cuidado, actividades completamente esenciales para el funcionamiento de la sociedad y de la economía.

La recuperación de la economía en 2021 permitió mejorar estos indicadores, pero sólo con respecto a 2020, el año de los confinamientos y las restricciones a la movilidad y al trabajo, no frente a 2019 cuando la economía funcionaba de manera “normal”, (con los perversos indicadores que acabamos de mostrar): la tasa de ocupación está 2,7 puntos porcentuales por debajo de la de 2019; la de desempleo general, 3,2 pp por debajo, la de la mujeres 4,5 pp y la de los jóvenes, 3,8 pp; respecto de los nuevos “inactivos” que produjo la pandemia (1,8 millones), apenas el 19% de ellos volvieron a encontrar un lugar en el mercado de trabajo; y aunque la cobertura de la protección social mejoró, todavía el 45,3% de la población ocupada se encuentra excluida.

Aun con crecimiento económico, lo que estos datos nos indican de manera muy clara, son las enormes limitaciones que tiene el modelo de desarrollo económico colombiano para generar Trabajo Decente, es decir, trabajo con derechos y con protección social. Como muy claramente lo señala la Misión Alternativa de Empleo coordinada por la ENS, “la economía colombiana viene mal desde los años sesenta, así lo muestran los diferentes indicadores: crecimiento por debajo del promedio de largo plazo, desigualdad regional, desindustrialización, desruralización, caída de las exportaciones, balanza comercial y en cuenta corriente deficitarias, déficits gemelos con el fiscal sin manejo y mayor endeudamiento público, desempleo de dos dígitos, informalidad y subempleo a la orden del día, tasas de interés e intermediación próximas a la usura y captura del Estado por cazadores de rentas, además de un desorden gigante en el ordenamiento territorial”.[4]



[1] El 55,3% del total del ingreso mixto se genera en el sector agrícola y en el comercio, actividades con una alta participación del trabajo familiar y por cuenta propia. Por su parte, el excedente de explotación se genera principalmente, 57,3%, en minas, 10,05%, industria, 18,51%, comercio y alojamiento, 13,6% y actividades inmobiliarias, 15,14%.

[2] En 2020, el incremento de la participación de los salarios en el PIB se debió a que, mientras el PIB cayó -6,8%, las remuneraciones de los asalariados se incrementaron en 6,1%, un resultad que se explica en razón de que la mayoría de los trabajadores con contrato de trabajo mantuvieron sus empleos durante las épocas más duras del confinamiento.

[3] CEPAL, Anuario Estadístico.

[4] Ampliar la demanda agregada, mejor con trabajo decente. Ricardo Bonilla González. Misión Alternativa de

Empleo e Ingresos. Propuestas para una Colombia incluyente. 2021.

Héctor Vásquez Fernández

Héctor Vásquez Fernández es Socio y fundador de la ENS. Exmiembro del Comité Ejecutivo de la Cut Antioquia. Docente, investigador y asesor de la ENS. Experto en temas sindicales y laborales

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