Sintraimagra: 15 años aceitando la defensa de los derechos laborales en el Meta

Imagen de referencia tomada de Facebook.

Esta crónica da cuenta del trabajo que realiza Sintraimagra en su seccional de Villavicencio, Meta.

Por Juan Alejandro Echeverri

Los motores de Colombia y el mundo permanecen encendidos gracias a Nelson, Fernando, Javier, Ilden, Yolier, Carlos Julio, y Libardo. Gracias a ellos, y otros tantos, tenemos con que poner a rodar el auto, lavar el baño, y desinfectarnos las manos. De no ser por ellos, la relación trabajador-patrón probablemente sería mucho más desigual e indigna; y Manuelita nunca hubiera cumplido la cláusula del TLC que obliga a las empresas a contratar directamente a sus empleados.

Nelson, Fernando, Javier, Ilden, Yolier, Carlos Julio, y Libardo son imprescindibles para el planeta consumo. Algunos trabajan en la planta extractora y otros en las cerca de 6.000 hectáreas de palma de aceite que la empresa colombiana y multilatina Manuelita tiene sembradas en San Carlos de Guaroa, municipio del Meta ubicado a unas dos horas de Villavicencio, la capital del departamento.

El aceite de palma es una de las materias primas necesarias para fabricar jabones, desinfectantes y otros productos de limpieza, Manuelita también lo procesa hasta convertirlo en Biodisel, un combustible en teoría “ecológico” que se suponía que reemplazaría al petróleo. Manuelita también es dueña de miles hectáreas de caña con las que produce azúcar y alcohol carburante; produce mejillones y camarones; y es una de las principales empresas que desde el Perú proveen de uva de mesa a Walmart, una de las cadenas de supermercados más importante de Estados Unidos.

Manuelita opera en Colombia desde 1864. En 1986 diversificó su catálogo de productos y en 1998 amplió su operación a países como Perú, Chile y Brasil. Manuelita se ufana de generar 5.000 empleos directos en el país, tener más de 2.400 clientes, exportar su producción a más de 50 países, e invertir 23.600 millones de pesos anuales a causas sociales. Manuelita dice ser el tercer productor de azúcar en Colombia y el primer productor de azúcar refinada del Perú; ser el segundo exportador de mejillones de Chile a Europa del Este y el primer exportador con destino latinoamericano; además de ser el principal productor de aceite crudo de palma y biocombustibles avanzados en Colombia.

Tanto Ilden como Libardo coinciden en que Manuelita es una buena empresa, un buen patrón. Pero todavía faltan varios detalles por corregir para ser la magnífica empresa autopublicitada en el exterior. Detalles contemplados en el pliego de peticiones que el sindicato negoció con la empresa en días pasados.

Una asamblea de los trabajadores afiliados a Sintraimagra Villavicencio en 2015

Hace 16 años, miles de hectáreas que hoy son de Manuelita, eran propiedad de la empresa Inversiones del Darién. En el 2005, año en el que Inversiones del Darién le vendió su parte, Manuelita poseía 3.000 hectáreas y una planta extractora de 17 toneladas –la planta actual extrae 35 toneladas de aceite crudo de palma en 60 minutos.

Antes de que las empresas se fusionaran, y de afiliarse al Sindicato Nacional de Trabajadores del Sector Agroindustrial, Agropecuario, Agroalimentario, Bebidas, Afines y Similares (Sintraimagra), muchos trabajadores de Manuelita estaban organizados en un sindicato afín a la Confederación General del Trabajo (CGT). Los años previos a la fusión fueron duros para los sindicalistas de Manuelita y del país, la oleada paramilitar experimentaba el repunte de su pico de terror, y la histórica presión estatal y empresarial sobre los sindicatos seguía vigente. Entre el 2000 y el 2004, el Sistema de Información de Derechos Humanos de la Escuela Nacional Sindical registró más de 350 sindicalistas asesinados en Colombia.

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Carlos Julio, quien lleva 30 años trabajando con la empresa y es fundador activo de Sintraimagra, me cuenta que: “Los administradores empezaron a quitarnos la comida, la alimentación, [el pago de] las [horas] extras, a pagarnos menos. Eso causó la inconformidad de nosotros los trabajadores y nos motivó a organizarnos. Nos reuníamos por las noches entre la palma. Nos reuníamos a las 12 de la noche, a la 1 de la mañana, porque eso era muy verraco, donde los administrativos se dieran cuenta, no nos dejaban”.

El incipiente sindicato logró afiliar a 60 trabajadores. La empresa despidió varios sindicalistas que tenían “contratos malos” de 3 meses o un año. La represalia logró disminuir el sindicato a 30 afiliados. A la presión empresarial se sumaron amenazas, que hasta el día de hoy se desconoce de donde provenían. Recién fusionadas las empresas, a Carlos Julio, quien era el representante legal del sindicato, le enviaron un panfleto: “A mí me corretiaron como 4 manes en una moto […] me boletiaron a la familia; me tocó salir del barrio”.

El entonces presidente y secretario del sindicato fueron desterrados de la región y del sindicato. Por aquella época solo quedaron 5 trabajadores afiliados, entre ellos Carlos Julio quien hoy hace parte de la junta directiva de Sintraimagra: “Por ser fundador no tengo derecho a [el pago de horas extras], el sueldo es pelado. [Estoy] discriminado de muchas cosas: no tengo derecho a auxilio de vivienda, a regalos que da la empresa, muchas cosas, solo lo que el sindicato me colabore”, cuenta.

En el 2005 Manuelita compró los bienes de Inversiones del Darién, pero los jefes del personal siguieron siendo los mismos. “Del 2005 al 2010 fue bastante complejo”,  me dice Libardo Guerrero. La presión de la empresa continuó: planillaba a los afiliados en los peores horarios y los cambiaba de puesto para hacerlos renunciar. Además, cuenta Libardo, dejaban de pagarles las horas extras, y los amenazaban diciéndoles que, si no se salían del sindicato, se quedaban sin trabajo.

La estrategia de los empleados patronales de Manuelita era refinada. Daban prebendas y beneficios al otro sindicato que 15 años después sigue intentando boicotear el quehacer de la empresa. “[Los] directivos decían vénganse para acá, aquí tiene ciertos beneficios. Aquí tiene esta prima extralegal, aquí tiene esto otro. El mensaje era afíliese que acá hay un sindicato, y acaben eso”, dice Libardo, operario de la planta extractora que en los próximos meses cumplirá 25 años en la empresa.

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Libardo anota que en el 2005 llevaban los afiliados de Sintraimagra a la oficina de uno de los directivos. “No sé qué más les ofrecían o como más lo chantajeaban. Se nos retiraron varios trabajadores […] Yo casi que caigo en eso. A mí nunca me llevaron a la oficina, pero el sueldo era mayor, era como 100.000 pesos más”.

Las relaciones obrero-patronales cambiaron cuando reemplazaron un par de gerentes y administrativos; y el sindicato logró ser reconocido por la empresa, presentar un pliego de peticiones y negociarlo en el 2009. El patrón dejó de ser un verdugo, pero muchos años después, para cuidar sus finanzas, Manuelita prefiere recompensar a sus empleados –su verdadera riqueza–  con lo mínimo de lo mínimo.

Aspecto de una de las reuniones de los trabajadores para hablar de las medidas de bioseguridad

A los entrevistados no les cuesta señalar los aciertos de Manuelita en el manejo laboral de la pandemia de covid-19. La empresa dotó de antibacterial a cada trabajador, dispuso de más buses para que el personal pudiera conservar el distanciamiento mientras regresaba a casa o se desplazaba a los campos de palma, contrató más personal médico para tomarles la temperatura a los trabajadores, y si alguno presentaba síntomas, por más leves que fueran y aunque no se hubiera hecho la prueba, le permitían quedarse aislado en casa; cosas, que, al fin y al cabo, debe proporcionar cualquier empresa.  

El sindicato, que a pesar de todos los ataques cuenta con 275 afiliados, también puso la parte que le corresponde. Ilden Ambuila Mina, actual vicepresidente de Sintraimagra, cuenta que: “Nosotros estuvimos atentos a las recomendaciones que escuchaba uno por la radio para darla a los compañeros, para adaptarse uno a esa vaina; porque eso fue una cosa nueva, y la gente asustada. Hubo gente sin salir [de los campamentos], sin venir a la casa por miedo al contagio […] Todavía lo hacemos, porque la gente cree que ya está acabando. Le toca a uno recordarle a la gente que use su tapabocas; el distanciamiento. [En los campamentos] quitaron los deportes, allá la gente jugaba mucho microfútbol; qué problema pa´ la gente acostumbrarse…”.

El sindicato ha contabilizado alrededor de 80 trabajadores contagiados. A pesar de la voluntad de Manuelita, Sintraimagra, según Ilden, debió hacer presión para que “aplicarán el decreto 666, que dice que la empresa debe tener un sitio donde ubicar a las personas que salieron positivas, y hacerle el monitoreo al personal […]  La empresa le reconoce al sindicato haber trabajado el tema de la pandemia; pero los jefes de arriba, los del medio creen que los que hacen la vuelta son ellos. Nosotros camellamos suavecitico, sin hacer mucha bulla”, remata con su voz costera Ilden, quien, como tantas otras personas de Caquetá y Santander, llegó desde Villa Rica, Cauca, hasta San Carlos de Guaroa atraído por la certidumbre laboral que prometían los plantíos de palma en el Meta.

Vigilar que la empresa cumpla con los protocolos que por ley y humanidad le corresponden, es una tarea diaria de los que integran la junta directiva de Sintraimagra, pero los 39 puntos que componían el pliego de peticiones significaban una solución a problemas de raíz.

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Cada tanto, Manuelita y Sintraimagra negocian una convención colectiva: el acuerdo laboral entre ambas partes. La última vez fue en 2016. Libardo ha estado en todas las negociaciones, y sabe que “es una negociación, que no se puede conseguir todo lo que uno está pidiendo […] En ciertos momentos hemos hecho unas peticiones, y aún las continuamos exigiendo. Hay unos puntos que no es sino hacerles copia, porque las necesidades de los trabajadores continúan siendo las mismas”.

Trabajar en un campo de palma de aceite es una labor que implica sobrecargas físicas que pueden desencadenar en la rotura de un tendón, una lesión de columna, o estropearse el “manguito rotador”. En las diferentes negociaciones, Sintraimagra le ha pedido a la empresa que incluya en el salario los días que los trabajadores deben ir a una consulta de medicina general. Actualmente Manuelita solo reconoce esos días cuando la cita es con un especialista.

Cuando hable con Libardo, al sindicato solo le quedaban tres reuniones para alcanzar un acuerdo. “El 90% de los puntos son negativos para la empresa […] La empresa argumenta que por la pandemia, por temas económicos, por la situación del país, por las [bajas] ventas del biodisel, por la baja producción en los cultivos de aceite.  En todas las negociaciones que he participado, la empresa siempre tiene un argumento para decir estamos mal, no podemos dar más. Si en el 2016 que hubo buenas ventas y se quejaban, ahora con la pandemia tienen más argumentos”,  me dijo.

Cuesta validar el déficit económico como argumento para desestimar las demandas del sindicato. Previo al congreso de Fedepalma de este año, su presidente ejecutivo Jens Mesa Dishington declaró que la producción “se mantuvo en niveles similares en los últimos tres años después de tener una subida de nivel importante. Este año, en los primeros siete meses, hemos experimentado un crecimiento en la producción comparado con igual periodo de 2019, más de 8% anual. Estimamos que para cierre de 2020 nosotros debemos estar con una producción de 1,6 millones de toneladas”.

Desde el 2012, Colombia ha ocupado el cuarto lugar en producción de aceite de palma a nivel mundial, y el primero en el continente americano. Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), la palma de aceite es el segundo cultivo con mayor número de hectáreas en el país. James Fry, presidente de LMC International, un gigante mundial de la agroindustria, fue entrevistado por Fedepalma y le dijo al gremio que: “A pesar del efecto macroeconómico negativo en todo el mundo a raíz de la pandemia del Covid-19, el mayor uso del aceite de palma en los hogares ha ayudado a recuperar su demanda. Lo mismo ha pasado en el biodiésel, en donde la disminución de aceites usados y sebo en las mezclas ha impulsado la demanda por aceites vegetales, como el aceite de soya y palma”.

Sintraimagra no estaba pidiendo nada que Manuelita no pueda y no debiera ofrecer. Uno de los puntos más importantes es la prestación de los servicios de salud en los campamentos donde pernoctan los trabajadores que realizan labores de corte, polinización y transporte del fruto de palma. “En el servicio de enfermería hay falencias porque el enfermero no es atento para atender el personal. Cuando se solicita la ambulancia se le da prioridad a una de las áreas”, manifiesta Ilden. “La ambulancia no tiene oxígeno. Eso es como un furgón, como una cava de esas en las que cargan material. Tiene su camilla y no más”, agrega Carlos Julio.

Quizás el problema más apremiante es el tema salarial. El sindicato reclama que ningún trabajador, especialmente los que trabajan en las plantaciones, es decir casi el 60% de los trabajadores, gane menos de 1.149.000 pesos. Manuelita paga por tonelada cosechada o por hectáreas trabajadas. Pero si hay días de lluvia, o son los últimos 6 meses del año (tiempo de baja cosecha), muchos trabajadores no alcanzan a cumplir con las toneladas suficientes para alcanzar esos 1.149.000 pesos, un salario mínimo que está muy por debajo del costo de un computador o de un tiquete de avión.

“En otras empresas hay mejores salarios –dice Libardo–. Pero no hay beneficios convencionales. En la parte social la empresa tiene algunos beneficios sociales que no los tienen en otro lado: las primas, los auxilios y préstamos para educación o vivienda. Donde el vecino me pagan más, pero este puede ser un sueldo integral”.

Sintraimagra tuvo que sobrellevar la cicatería de su patrón, y además soportar el desleal trato con el otro sindicato afín a la empresa. Este año los dos sindicatos negociaron su convención al mismo tiempo. “En la mañana negocian con ellos, en la tarde con nosotros.  Cuando van a reunirse con nosotros ya han acordado con el otro sindicato. Es algo bastante complejo para nuestra organización porque por ejemplo el último día negociación, lo que vayan ofrecernos a nosotros es lo que ya han acordado con ellos”, se lamenta Libardo.

La relación con el otro sindicato no es hostil, pero Sintraimagra sabe que debe tener cautela. “La relación con algunos trabajadores del otro sindicato es normal, como trabajadores. Pero no estamos de acuerdo con la política que ellos usan, nunca van a pelear por el trabajador, es un sindicato de amaño –dice Ilden–. Personas del otro sindicato nos dicen a nosotros qué hay que solucionar. Nosotros somos los que hacemos el trabajo. ¿Si el sindicato es de la empresa como van a pelear por el trabajador?”

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De no ser por Sintraimagra, serian muchas las inconsistencias de Manuelita y las Administradoras de Riesgos Laborales (ARL) en cuanto a patologías laborales de salud se refiere. Las patologías en este oficio son comunes. Cuando eso sucede, la ARL realiza un diagnóstico para determinar si es de origen común o laboral. Aunque haya todos los indicios de que la enfermedad es una causal del trabajo, muchas veces el diagnóstico de la ARL asegura lo contrario. Gracias al sindicato muchos trabajadores se enteran de que pueden hacer una apelación. “Esos procesos llevan un desgaste a los trabajadores. Nosotros no cobramos un peso, pero sí hay un cobro de la parte jurídica por llevar esos procesos, elaborar un documento, presentar un derecho de petición”. Libardo explica que de la ARL depende que la empresa cumpla con las remuneraciones económicas que le corresponden. “Son procesos que hay que llevarlos. Los trabajadores quedan sin vista, sin un pedazo de dedo, con cierta dificultad en su salud, y si no se gestiona a tiempo, pues lo retiran de la empresa, o los echan, y ni siquiera saben que tienen una patología o que pueden tener un amparo por la estabilidad laboral reforzada. Hay trabajadores de empresas vecinas que han acudido a nosotros […] Eso es lo que está pasando en la región. La empresa despide al trabajador que tiene un problema de salud, y ya no lo reciben en otras empresas. Los trabajadores no saben a dónde acudir, o si saben no acuden porque tienen que pagar”.

Quien haya defendido un derecho en Colombia, sabe que al superar una barrera es muy probable encontrar otra con el doble de altura. El lunes 21 de diciembre finalmente se firmó la convención colectiva que regirá hasta el 2024. “No fue mucho lo que se consiguió en comparación a la convención anterior, las mejoras son pocas”, me escribió Libardo un par de días después. El salario “mínimo”, por ejemplo, quedó por debajo de lo que pedía Sintraimagra. Así de escabrosas son las leyes del mercado: lo que arriesgan su integridad física por cosecha la materia prima que necesita el mundo, viven con lo mínimo; y los que sudan lo mínimo viven con lo máximo. A pesar de eso, sindicalistas como Yolier Obregón tienen claro el por qué persistir en su misión: “Para reclamarle lo justo a los patrones y que no haya mucha injusticia”.

De no ser por personas como Nelson, Fernando, Javier, Ilden, Yolier, Carlos Julio, y Libardo el ritmo vital del mundo –y la esperanza de muchos trabajadores– entraría en una especie de letargo. Su lucha es sensata y justa, Sintraimagra permanece inquebrantable como palma de aceite firme y explotada.

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