La disputa por el oro de Marmato Los guacheros: unidos y firmes en defensa de su trabajo

–Segundo informe–
Textos y fotos: Ana María Bedoya

Fernando Álvarez camina en la oscuridad de la
mina El Patacón iluminado apenas por la luz de su lámpara. Avanza confiado, sin necesidad de palpar las paredes ni de confirmar su ruta, pues esta mina la conoce como a la palma de su mano. Era de propiedad
de su padre, de quien él, desde niño, aprendió el oficio de
minero. Señala los tonos terracotas de las piedras mientras
explica qué mineral es éste y cuál aquél. Se empeña
en mostrar el filo angular llamado guacha, ése que los
mineros avezados encuentran por intuición, porque lo
pueden oler, o porque el espíritu del oro les indica dónde
está.
“El oro tiene espíritu. No es un espíritu malo ni bueno,
pero espanta. A mí no me da susto, antes cuando oigo
que silba me quedo callado y pendiente de dónde viene
el silbido, porque ahí es donde está el oro”, concluye
Fernando, hoy reconocido como líder guachero, por haber
sido uno de los primeros que se atrevió a romper los
candados de las minas.
Para entender lo del rompimiento de los candados
hay que remontarse al año 2007, cuando a Marmato llegó
la compañía Goldfiels, filial de la Medoro Resources,
que empezó a ofrecerles a los mineros dinero por las minas.
No fueron pocos los que vendieron porque creyeron
que a esta compañía sólo le interesaba obtener el título y
los dejaría seguir trabajando las minas. Otros en cambio
vendieron y se fueron a la ciudad o a pueblos cercanos a
invertir el dinero en nuevos negocios. Luego unos y otros se darían cuenta de que habían vendido sus minas por
cifras ridículas, entonces se sintieron engañados, pero ya
nada podían hacer.

Vendiendo lo incalculable

“Recuerdo que una señora Celia fue la que empezó a
negociar las minas a nombre de la compañía. Yo, preocupado,
le pregunté que si vendíamos qué iba a pasar con
nuestro trabajo, y ella dijo que nada, que estuviéramos
tranquilos, que todo iba a seguir igual. Entonces me relajé”,
comenta Fernando. Y amparados en esa promesa
mucha gente vendió, desde minas pequeñas donde trabajan
entre 4 y 6 personas, hasta minas grandes donde
había 35 trabajadores. En total la Goldfiles compró 84 las
minas, más los 9 molinos que operaban en la zona.
“La gente acá no tenía conocimiento del valor de una
mina. Sencillamente oyeron una cifra de muchos millones
y entonces se emocionaron y vendieron”, sigue diciendo
Fernando. El Patacón, por ejemplo, fue vendida
por $250 millones, dinero que además tuvo que dividirse
entre varios socios.
Tras fracasar en otros negocios o gastarse la plata en
otros lares, muchos de los que vendieron regresaron a
Marmato a buscar trabajo, pero ya no como dueños sino
como obreros rasos. Son historias que ahora ruedan en el
pueblo con acento de leyendas, como la del minero que,
después de vender su mina, anduvo por las calles con un
perro al que le daba la mejor carne de los restaurantes, y
si veía a otro perro pedía carne para ése también porque
era amigo del suyo. Esa dicha le duró hasta que se le acabó
la plata y debió pedir empleo a quienes habían sido
sus trabajadores.
Alberto Cardona, dueño con otros socios de la mina
Cañaveral, la última que la multinacional compró, cuenta
así su caso: “La mina que era nuestra queda en la parte
alta del cerro y estaba divida en dos: una parte le pertenecía
a don Fabio Mejía y la otra a mí y a otros cuatro socios.
Ellos presionaron para que vendiéramos. La vendimos
por $350 millones, suma que a mí me pareció poca,
pero la ambición de la plata pudo más. Con la plata que
me tocó yo al menos compré una casa y un carro, pero
ya no gano lo de antes, me toca trabajar como guachero”.
Lo que pasó después fue inexplicable e inadmisible para los marmateños: las 84 minas que la Meodoro Resources
compró fueron cerradas y puestas bajo el cuidado
de vigilantes, lo que de un tajo dejó sin empleo a 833
personas, cada una con familia qué sostener. Pero eso no
fue todo: destruyó los 9 molinos que también adquirió,
lo que ha sido una de las mayores ofensas para el pueblo
y la razón de que la gente perdiera la confianza en esta
multinacional.
“Ellos desbarataron todo eso, destruyeron los molinos,
los breques, lo chatarrearon todo y a los marmateños
no les dieron ni una hoja de zinc. Si esta empresa estaba
supuestamente interesada en darnos trabajo, ¿por qué cerraron
las minas y lo destruyeron todo? Ahí empezamos
nosotros a preocuparnos, porque ya no teníamos dónde
moler ni cómo trabajar las minas”, agrega Cardona

Romper los candados

Pasaron los
meses y las minas
seguían cerradas,
situación grave porque
en Marmato no
estaban acostumbrados
al desempleo.
Cuando Fernando
sintió el hambre que
se cernía sobre ellos
le comentó a su compañero
Fredy que no
podían seguir en esa
situación. “Le dije
que nos fuéramos
para la mina El Patacón y rompiéramos los candados.
Eso hicimos, y desde ahí la estamos trabajando nosotros
y casi 30 personas más que se nos unieron”, dice.
La noticia se regó como pólvora y pronto la acción de
Fernando y Fredy se replicó en otras minas. Decenas de
hombres se unieron, rompieron los candados y desde entonces
son conocidos como los guacheros. Pero como la
multinacional y el gobierno local no desautorizaron sus
acciones, siguieron trabajando tranquilos como si nada.
Hasta finales del 2010, cuando sucedió lo inesperado:
varios funcionarios de la Corporación para Estudios Interdisciplinarios
y Asesoría Técnica (CETEC) llegaron a
buscar los guacheros.
“Ellos llegaron a negociar en nombre de la multinacional.
Nos trajeron unos contratos para que firmáramos.
Pero nosotros no firmamos porque no somos bobos”,
sostiene Fernando. Y su socio Fredy completa: “Ese
contrato tenía 13 páginas con un montón de cláusulas.
Una decía que teníamos que firmar un pagaré en blanco.
Imagínese, ¿quién se atreve a firmar un documento de
esos?”. Sobre todo si se tiene en cuenta que ya llevaban
cuatro años de trabajo e inversión en estas minas, y el
Código de Minas especifica que quien compre un título
y lo abandone por seis meses sin causa justa, pierde el
derecho de titulación.
A partir de ese momento los guacheros empezaron a unirse y a buscar
asesoría jurídica.
Mario Tangarife,
guachero en la
mina El Socorro
y representante
de la Asociación
Mineros Unidos,
dice al respecto:
“El contrato
decía que nos
dejaban seguir
con las mina por
18 meses, y que
una vez cumplido
ese plazo las
entregábamos.
Pero los abogados
nos dijeron
que ni de fundas,
porque lo que nos ofrecían era con el fin de que les reconociéramos
la titularidad de las minas, que la ley la que
decida quién tiene la razón”.
Pero no habían terminado de asimilar y entender del
todo el significado y las implicaciones del tal contrato,
cuando llegó la sorpresa mayor: el 21 de enero de 2011
llegó la fuerza pública acompañada de representantes de
Ingeominas y del gobierno de Caldas con la orden de
desalojo de las minas. “Vinieron a sacarnos a las malas,
pensando que aquí en Marmato vivían diez personas porque
sólo mandaron 20 policías. Nos enteramos rápido y
en un momentico nos reunimos 200 personas en el atrio.
Cuando vieron tanta gente ahí, se dieron cuenta que la
cosa era más complicada de lo que creían. Tuvo que venir
la personera municipal y sacó un comunicado para
detener el desalojo, porque iba a haber un problema”.

Unidos por la misma causa

A partir de ese momento los mineros de Marmato
se dieron cuenta de que no podían andar cada uno por
su lado, que era necesario unirse si querían demostrar
fortaleza para defender lo suyo. Así nació la Asociación
Mineros Unidos, con lo cual la intención de desalojo surtió
el efecto contrario: agrupar a los mineros en torno a
una misma causa.
“Llamamos a los líderes de las minas y nos sentamos
a conversar. Formamos la asociación y definimos una
junta. En este momento tenemos afiliadas 380 personas
que representamos más o menos 25 minas. Después se
formaron otras asociaciones y estamos trabajando para
formar un solo bloque. Están por ejemplo los mineros
de Echandía, los de Cien Pesos y el Comité Cívico Pro
Defensa de Marmato. Podremos ser muy ignorantes en
cuanto a la ley, pero todos estamos unidos porque no nos
vamos a dejar quitar lo que es nuestro”.
Los mineros de esta región no se cansan de repetir
algo que para ellos es natural y no tiene discusión: que
la tierra de Marmato está grabada en la palma de sus manos,
y que vale más el legado que les dejaron sus ancestros
que cualquier papel que quiera quitarles ese derecho.
“Por las raíces que tenemos y por los años que llevamos
trabajando aquí, esto es de nosotros. Este pueblo es el
que nos ha sostenido, y lo ha hecho con muchas generaciones
anteriores. Es un sentimiento de pertenencia”,
puntualiza Fredy.
Por eso siempre están en alerta, desconfían cada vez
que por las calles empedradas del pueblo ven aparecer
gente desconocida (ingenieros, periodistas, empresarios,
entre otros), porque ahora entienden que su cerro, reserva
de oro, es el centro de atención de intereses foráneos.
“Acá no estábamos acostumbrados a tener presencia de la fuerza pública. Los policías aquí eran si mucho dos, y
los de siempre. Ahora son hasta 15, que traen de otras regiones.
Con su presencia nos quieren intimidar, detienen
y requisan a los mineros que se encuentran a su paso, y
nos tratan como a unos delincuentes. Cada dos semanas
los cambian para evitar que se encariñen con la gente,
porque aquí todo el que llega, incluyendo la policía, termina
por entender lo que nos pasa y sabe que la razón es
nuestra”, dice Fernando, observando desde la mina El
Patacón, en lo alto de la montaña, las camionetas de la
policía estacionadas a las puertas de la Alcaldía.

El control de explosivos, otro acoso

La nueva forma de presión ahora no son los contratos
ni las órdenes de desalojo. Desde hace más de un año no
les venden explosivos, que los mineros necesitan para
extraer el material de las minas. “No nos venden dizque
porque ahora somos ilegales, cuando toda la vida nos
habían vendido la dinamita”.
Tal control ha traído un problema mayor: la elaboración
artesanal y el tráfico subrepticio de la dinamita.
Por eso es que la policía hace requisas constantes, buscando
explosivos. Lo peor es que si llegan a coger a alguien
lo pueden acusar de terrorismo.
Aunque ignoran los planes y las movidas futuras que
hará la multinacional, los guacheros están a la espera,
totalmente prevenidos. Y han decido buscar apoyos, no
sólo entre ellos mismos sino con mineros de otras regiones
del país que sufren la misma presión de las multinacionales.
Al medio día, cuando los rayos del sol pegan directo
sobre la montaña, Fredy pasa un trapo por la frente
para limpiarse el sudor. Es hora del almuerzo, él y sus
compañeros buscan la sombra de la pequeña caseta para
sentarse y comer. “A mí me da mucha rabia que nos llamen
ilegales, invasores, cuando nosotros lo que hacemos
es trabajar duro y sudar para poder comer. Esa multinacional
se nos está metiendo lentamente, como cuando
una persona descubre que está enferma de cáncer, y éste
avanza lentamente hasta que hace metástasis y ¡ah!, ya
no hay nada qué hacer”, concluye Fredy.

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