Vendedores de frutas en carretillas: Un día a día cargado de obstáculos

Por Manuela Torres

“Para ser un carretillero se necesita tener espíritu, actitud, que todo lo que saque lo venda. Uno nace con su gracia para este oficio”, dice Viviana Osorio, una mujer de 32 años conocida como “La Gorda” entre el grupo de carretilleros que se concentran en las inmediaciones de la plaza de mercado Minorista, sector céntrico de Medellín, donde muchos de ellos se surten de frutas y verduras para iniciar su diario recorrido.

A las cinco de la mañana Viviana baja desde su casa en el barrio Villatina, barrio marginal ubicado al centro oriente de la ciudad, hasta la Plaza Minorista, donde invierte unos $250 mil en la compra de los productos que venderá durante los dos días siguientes, a los cuales les debe ganar más del 50% o no valdrá la pena salir a las calles. “Hay días en que uno no encuentra nada barato en los mercados, entonces toca quedarme en la casa hasta que encuentre algo”, cuenta.

Los productos que compra los empaca en costales que lleva en bus hasta el parqueadero donde guarda la carretilla, por la que paga $2 mil diarios de alquiler. Daniel, el administrador del parqueadero, siempre la recibe con un caluroso saludo y un comentario gracioso. Después intercambia sonrisas y abrazos con Yeison, su parcero, también carretillero.

En un oficio donde predominan los hombres, ella no se siente rechazada. Por el contrarío, ha sabido compenetrarse muy bien con sus compañeros y, con su carácter aguerrido, asegura que es que capaz de hacer lo mismo que ellos hacen. “Yo tengo muchos amigos hombres en este trabajo. Ellos me ayudan a bajar la mercancía del bus, a encarrarla y, muy de vez en cuando me invitan a paseos a los charcos de Niquía o Barbosa”, agrega.

En ocasiones Róbinson Vegas le sirve como ayudante en sus recorridos. Le paga por jornada entre 15 mil y 22 mil pesos, dependiendo de las ventas, más el almuerzo y el refresco, éste sí de “pura bacanería” porque no está obligada a dárselo. A ella no le gustan las ayudantes mujeres, prefiere trabajar con hombres, entre otras cosas porque éstos tienen más fuerza para empujar la carretilla.

Robinson es un hombre ya mayor, de 40 años, quien anhela juntar el dinero para comprar su propia carretilla, pues la que tenía la vendió algunos años atrás para solventar problemas económicos. Pero como ayudante le resulta casi imposible reunir la cantidad de plata que necesita para comprarla.

Una vez Viviana y Robinson han dispuesto la mercancía en la carretilla, han revisado las llantas, la cabrilla y el sistema de perifoneo, inician su recorrido entre la congestión de las calles del centro. Regularmente arrancan a las nueve de la mañana por el sector de San Benito, luego toman las calles Colombia y San Juan, y finalmente la carrera 70 hasta el barrio Los Colores. Pero este recorrido no es fijo, algunas veces cambia, dependiendo del día de la semana, del clima, la congestión vehicular y su estado de ánimo. En la labor de los carretilleros nada es estable.

Un oficio que se hereda

Viviana tiene cinco hermanos varones y de ellos cuatro han sido carretilleros. En el pasado compartía una carretilla con sus hermanos y en ocasiones con su madre, a quien solía acompañar desde que cumplió ocho años de edad. Una disputa familiar los separó y ella debió empezar a trabajar por su cuenta. Ahora ya tiene su propia carretilla de cabrilla y cuatro ruedas de aire, de las más costosas del mercado (cuesta $700 mil). En realidad a ella no le valió nada: fue un regaló de su novio. Viviana Osorio, “La gorda”

Y al igual que su madre hacía con ella, al principio Viviana llevaba al trabajo a la primera de sus tres hijas. “Mi niña prácticamente se crió en la carretilla, yo ahí le cargaba los pañales, la leche y un termito para el agua del tetero”, recuerda.
Cristian Esteban Bustos, de 21 años de edad, es también un carretillero que, al igual que Viviana y otros muchos más, heredó el oficio de su familia, en su caso de su padre. Ha pasado la mitad de su vida en las calles empujando una carretilla, tal como lo hizo su padre, a quien él acompañaba desde la edad de 10 años. Pero al poco tiempo, siendo todavía un niño, comenzó a involucrarse con bandas delincuenciales del barrio Santo Domingo Savio, donde nació. Cuatro años fueron suficientes para conocer los placeres y desencantos del dinero fácil, dice. Fue su esposa quien lo sacó de ese mundo, y posteriormente el nacimiento de sus dos hijos lo impulsaron a trabajar como carretillero, un oficio en el que, afirma, se siente a gusto.

La carretilla de Cristian tiene un propietario: John Jairo Henao, un personaje reconocido en el ramo de la fabricación y alquiler de carretillas en Medellín. El negocio era de su padre, Jesús María Henao, quien murió en el año 2002 dejándole como herencia 100 carretillas. Hoy John Jairo sigue teniendo este mismo número, pero solo alquila unas 50, porque la demanda, dice, ha decaído debido a la alta competencia y a que son ya muchos los venteros callejeros de frutas y verduras que tienen su propia carretilla. Contrario a lo que ocurría en los tiempos en que su padre levantó el negocio, en la década de los sesenta. John Jairo Henao

John Jairo arrendó una amplia casa en el barrio El Chagualo, cerca
a la Plaza Minorista, punto estratégico para los carretilleros. Allí trabaja con su esposa Beatriz, quien atiende a los clientes y lleva un libro de control con el número de la carreta y el nombre de quien la alquila. El alquiler se extiende entre las 5:30 de la mañana y las 8 de la noche, y por ese tiempo cobra $3 mil.

Las condiciones laborales

Si bien el trabajo de los carretilleros es riesgoso e inestable, también tiene sus compensaciones. Una de ellas es la libertad de trabajar para sí mismos y no cumplirle horarios a ningún patrón. Así lo asegura Róbinson Vegas, quien prefiere trabajar para diferentes carretilleros y no para uno solo, pues éste termina convirtiéndose en su patrón.

Mientras se prepara para las sorpresas que le puede traer cada jornada, Viviana comenta que este oficio le permite ganar, en promedio, más del salario mínimo, y al mismo tiempo decidir su propio horario y ruta de trabajo. Dice que en un día muy bueno puede llegar a ganar hasta $100 mil, de los cuales ahorra una parte porque sabe que debe compensar los días malos, o sea cuando no encuentra buenas rebajas en las plazas de mercado y le toca quedarse en la casa. No de otra manera puede sufragar los gastos de su hogar (arriendo, servicios, comida, ropa y todo lo que ella y sus tres hijas necesitan), del que ella es el único soporte económico. Por eso le queda difícil ayudarle a su madre, aunque cuando puede lo hace.

Por ser un oficio informal, ni Viviana ni Róbinson pagan los seguros de salud y pensión. Cuando Viviana se enferma trata de pagar un médico particular, pese a que tiene Sisbén. Recientemente le diagnosticaron un problema en la espalda, pero debido a la tramitología no ha podido visitar a un especialista, lo cual la tiene bastante “desmoralizada”. Sin embargo, continúa sus días caminando y arrastrando su carretilla. A Robinson, cuando se enferma, no le queda más remedio que ir a la unidad de urgencias del hospital San Vicente de Paúl, donde no le cobran nada.

Cada día Viviana termina su jornada sin saber qué va a vender al día siguiente, si serán piñas, mangos o aguacates; o, por el contrario, deberá quedarse en casa porque los precios del mercado no le ofrecen ninguna ganancia. Tampoco sabe si será un día tranquilo, o si en algún momento y lugar aparecerá su mayor amenaza: los funcionarios de Espacio Público de la Alcaldía de Medellín, sus “enemigos” naturales.

Los enemigos naturales

Carismática con la gente, de sonrisa dulce y rasgos casi infantiles, Viviana se desenvuelve con soltura en las calles que a diario recorre. Podría ser una “santa”, como ella dice, pero su carácter cambia cuando se encuentra con los funcionarios de Espacio Público, uniformados con sus chalecos verdes, quienes para ella y sus colegas representan un obstáculo mayor que la misma hostilidad de la calle, el tráfico y las inclemencias del clima. Ella en ocasiones ha sido víctima de maltratos verbales y físicos por parte de estos funcionarios.

El Subsecretario de Espacio Público de Medellín, Gabriel Jaime González, aclara que la misión de su dependencia es “recuperar, proteger, defender y administrar el espacio público de la ciudad, mediante la aplicación de políticas que garanticen la equidad e inclusión social de todos los ciudadanos y ciudadanas”.

En consecuencia, esta entidad se encarga de regular y otorgar permisos a los venteros informales, pero sólo a los estacionarios, de los cuales hasta ahora 10.200 han sido carnetizados. Los carretilleros, que por su naturaleza son ambulantes, es una población casi imposible de contar y controlar. Su número cambia constantemente debido a que gran parte de los desplazados que cada día llegan a la ciudad, ante su precariedad económica, optan por este oficio.

“Nosotros necesitamos un permiso de la Secretaría de Tránsito para autorizar a un carretillero, pues éste deambula por la ciudad y en ocasiones obstruye el tráfico al estacionarse en las vías principales, por lo que es imposible que nosotros los regulemos”, anota Gabriel Jaime González.

Viviana, Cristian y John Jairo opinan que es injusto que Espacio Público los trate como delincuentes, que se lleve sus carretillas y además les cobren $7 mil por cada día que éstas permanezcan en los sitios de retención. “La razones por las cuales las decomisamos están especificadas en el acta que se hace durante el proceso. En muchas ocasiones es porque hacen un uso indebido del espacio público o porque no colaboran con los funcionarios de la dependencia y responden violentamente”, agrega González.

Sin embargo, también son comunes las reacciones violentas y el abuso de autoridad de algunos de los funcionarios, que en parte obedece, según el subsecretario de Espacio Público, a su escaso nivel educativo, pues una buena parte de estos funcionarios son casi analfabetas. Además no pocos de ellos cargan con el estigma de ser desmovilizados de grupos paramilitares. Reconoce que es necesario brindar capacitación continúa a estos funcionarios, para que aprendan a dialogar y a hacer un trabajo de “competencia ciudadana”.

Quizás por aversión a los hombres y mujeres de chalecos verdes, o por solidaridad con los carretilleros, suele ocurrir que alguien les avise para que corran o se escondan, complicidad que les permite regresar a casa con el dinero del día completo, o al menos con las frutas o verduras que han de vender al día siguiente.

Son las siete de la noche y, luego de guardar su carretilla en el parqueadero de siempre, Viviana termina su jornada con la alegría de poder llenar la nevera de su casa. Luego toma el bus que la sube a las colinas de Villatina donde sus tres hijas la esperan.

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