Los avatares de un payasito menor de 15 años

(Por Heidi Tamayo O.)

  • Cuando un menor de edad empieza a vivir el mundo laboral se pone en el umbral de la deserción escolar, cuando no en riesgos mayores como el consumo de sustancias psicoactivas, la mendicidad y los daños físicos y sicológicos irreparables. Según el DANE, en el año 2012 hubo en Colombia 1´111.000 menores entre los 5 y los 17 años dedicados a diferentes trabajos. Esteban es uno de ellos. Tiene 15 años, pero lleva casi dos laborando como payaso, oficio al que, según dice, le ha encontrado más ventajas que al estudio, ya no va a la escuela. Esta es su historia.

La nariz roja redonda, el rostro pintado de blanco, el cabello largo recogido atrás, y una risa que no se le borra de los labios embadurnados de colorete, es la estampa que luce Esteban Suárez cuando actúa de payaso, o de payasito, el oficio con el que se gana la vida.

Esteban tiene hoy 15 años y es el segundo de cuatro hermanos. Nació y creció en un corregimiento de Medellín, dentro de una familia que si bien tiene muchas necesidades económicas siempre le ha brindado lo que ha necesitado.

A mediados de 2011, cuando cursaba octavo de bachillerato y tenía sólo 13 años, un compañero lo invitó a la Casa de la Cultura de un barrio aledaño, donde conoció un programa para jóvenes que deseaban aprender actos de circo; propuesta que le cayó como anillo al dedo porque ya para entonces había empezado a sentir que el estudio poco le gustaba. Se aburría en las clases, situación que con alguna frecuencia lo llevaba a hacer travesuras, cometer actos de indisciplina y obtener bajas calificaciones.

“Estudiar no sirve para nada, toda la plata se la llevan los ricos y uno se queda sin nada”, dice, para justificar su mala onda frente a sus responsabilidades escolares.

Con el permiso de su madre empezó a alternar las clases en el colegio con las prácticas circenses en la Casa de la Cultura del barrio vecino, a donde asistía casi todos los días. Con él allí, entre hombres y mujeres, había unos 20 aprendices, con quienes se sentía muy a gusto. “Era un parche muy bacano, todos te trataban bien y te enseñaban cosas nuevas”, recuerda.

Así que a esa prematura edad Esteban encontró una actividad que le gusta más que las clases en el colegio, y empezó a alimentar el sueño de llegar a ser en el futuro payaso profesional.

Con el correr del tiempo fue mostrando progresos, se hizo más diestro en las distintas disciplinas circenses. Aprendió a hacer malabares, a caminar en zancos, a interpretar gags de payaso, tanto que su profesor y sus compañeros elogiaban sus habilidades, que en él resaltaban más por ser uno de los más pequeños del grupo. Constantemente lo escogían para hacer presentaciones.

En diciembre de 2011 conoció a un mago de la ciudad que llegó a observar uno de los ensayos del grupo, con la intención de contratar personal. Escogió a los 10 mejores, entre ellos a Esteban y a otro niño de su misma edad. Sólo que para curarse en salud el mago les exigió a ambos una serie de requisitos, como tarjeta de identidad, permiso firmado por la mamá o el papá, y una fotocopia del registro de afiliación a un régimen de salud. En esto último el mago hizo especial énfasis, porque en caso de que les ocurriera un accidente debían tener garantizada la atención médica, pero no de su bolsillo. Esteban cumplió con los tres requisitos. La autorización para trabajar se la firmó su mamá.

Ingreso al mundo laboral

Empezó entonces una nueva vida, ya no pensaba en tareas ni en amigos, su mente y sus energías estaban ahora enfocadas en ensayar para poder conseguir contratos. Cada tarde el mago reunía al grupo para preparar los espectáculos y a Esteban le dio el papel de payaso, con la misión de aprender chistes y hacer maromas para hacer reír al público. También debía aprender a manejar zancos, escupir fuego por la boca y hasta tocar trompeta.

El primer contrato llegó. Fue una función en Envigado con motivo de un cumpleaños. Aunque confundidos por los nervios y la ansiedad, Esteban y el otro chico menor salieron bien librados de esa, su primera actuación ante un público, que los premió con fuerte aplauso.

“Entre los diez que éramos nos repartimos los 300 mil pesos que nos pagaron, porque el mago cobró por aparte”, recuerda Esteban.

Al año siguiente, 2012, decidió no volver al colegio, haciendo caso omiso de la insistencia de su madre y su padrastro. Se disculpó diciendo que él no le veía nada productivo al estudio, y sí en cambio quería dedicarse de tiempo completo a trabajar como payaso.

“Es que a mí me estaban pagando por lo que de verdad me gustaba”, dice.

Así que de la mano del mago continuó sus prácticas y funciones. Se presentó en colegios, fiestas infantiles, celebraciones en empresas y diversas conmemoraciones. También con el grupo viajó a municipios como Ebéjico, Santa Rosa de Osos, La Ceja y La Unión; e incluso tuvo presentaciones en Ibagué y Bogotá, viajes éstos que requirieron autorización escrita de su madre. Y por esa vía pronto se hizo conocer y los contratos no le faltaron.

Aunque todo eso lo complacía y lo animaba, su dicha no era completa. Empezó a ver que no era suficiente el dinero que el mago le pagaba, y éste tampoco le aumentaba la tarifa por función. “Yo me gastaba esa plata en mecato, pero también en vestuario e implementos para las funciones”, dice.

En septiembre de 2012 el director de un circo lo vio actuar y le ofreció trabajo, con un pago de 60 mil pesos por función, tarifa que se modificaba de acuerdo con el número de personas que ingresaran. Tres meses trabajó en tales condiciones en ese circo.

Meses después tendrá una nueva satisfacción: participó con éxito en un concurso que en su primera parte tuvo lugar en el municipio de Caldas, sur del Valle de Aburrá, donde por el grupo de Esteban se presentaron cuatro concursantes. Él y una compañerita ganaron en su categoría, y por eso recibieron implementos y trajes para sus presentaciones, pero no dinero en efectivo. La prueba final se realizó en Santafé de Antioquia, donde se volvieron a alzar con el primer lugar. El premio esta vez lo daba un almacén especializado en implementos y vestuario de circo, y consistía en todo lo que los ganadores alcanzaran a agarrar en un determinado tiempo. No les fue mal, necesitaron dos taxis para transportar todo lo que pudieran agarrar, parte para ellos y parte para el grupo.

Luego también aprendería que ser payaso no es un oficio libre de accidentes. Recuerda el día en que estaba encaramado en zancos y rodó por unas escaleras. “Ese día me gozaron y la gente nos molestó mucho porque la caída fue en plena función. Pero al menos no me pasó nada”, cuenta.

Su disyuntiva ahora es tratar de independizarse del grupo, que está ya muy diezmado por las bajas que ha sufrido. “Algunos han decidido retirarse e irse a trabajar en los semáforos, pero a mí eso no me gusta, me da pena. Yo no hago esto por plata sino porque me gusta. Lo que quiero es algo más grande, irme para otro país a aprender y trabajar”, dice.

Lo que sí tiene ya claro es que no quiere consumir drogas. “Tuve como dos meses en que fumé mucha marihuana, porque en mi barrio el que no tiene nada que hacer se lo lleva el vicio”, explica.

También dice que prefiere gastar su tiempo en perfeccionar sus habilidades, pues el sueño de ser payaso profesional no lo va a abandonar tan fácilmente, y lo que piensen de él los demás es irrelevante mientras le pueda sacarle sonrisas a la gente.

Por lo pronto ya es famoso en su barrio, donde todos lo conocen como Pimpinela, su nombre artístico, que a él le agrada.

 

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