¿Y el diálogo a tres voces con el ELN?

Por Carlos Alfonso Ortiz Lancheros. Analista político

En La Habana se reinició el Quinto Ciclo de Conversaciones de la Mesa de Diálogos por la Paz entre el ELN y el Gobierno de Juan Manuel Santos. Y si bien los propósitos son encomiables: acordar un nuevo cese bilateral del fuego, definir la metodología de participación de la sociedad y generar alivios humanitarios en algunos territorios del país, todavía los trabajadores y trabajadoras nos preguntamos el cuándo.

Es decir, el tiempo juega en contra para ambas partes y para la sociedad en su conjunto. El gobierno Santos está en su ocaso, y su renuencia a conceder más de lo que ya cedió a las FARC hace que el proceso se haga más lento. Su obstinación parte del análisis básico y llano de que esta guerrilla representa solo una cuarta parte de la que ya se desmovilizó. Entonces, ¿para qué acceder a pretensiones más altas y de más hondo calado?

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Por su parte, la guerrilla del ELN insiste de manera arrogante en que la paz no es cuestión de un gobierno sino una política de Estado, elemento de muy alto valor. Pero esto, que parece ser una verdad de perogrullo, no hace más que dilatar los diálogos y restar importancia a su interlocutor. Lo que puede convertir este escenario en otro más en los que el gobierno y el ELN se encuentran, el octavo desde la administración del expresidente César Gaviria (1990-1994) al momento actual, sin resultados.

A esto se suma que aún no se ha definido cómo la sociedad entrará a participar en la discusión por la paz. En qué momento del proceso y bajo qué gobierno: el saliente o el entrante, la sociedad colombiana en su conjunto, por regiones o sectores, podrá aportar elementos para que el estado de cosas cambie. La cacareada participación debe estar al centro de la discusión, y debe salir del marco discursivo de la guerrilla y de las buenas intenciones del gobierno de turno, para ser un tema de la agenda de la sociedad civil colombiana.

Los problemas de la población ocupada y desocupada, de los sindicatos, las agremiaciones, los subempleados, campesinos, informales, contratistas, mujeres, jóvenes, etc., deben tener cabida en las discusiones que se realizan entre la insurgencia y el Estado. El país es de todos y a todos nos compromete alcanzar, por fin, una salida política negociada a este conflicto armado y la construcción de paz estable y duradera.

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Una mesa bilateral trae efectos contraproducentes cuando de legitimar sus acuerdos se trate. La sociedad ya se manifestó en el pasado plebiscito, al no ser tenida en cuenta en el proceso, y sí invitada como comité de aplausos, primero al espectacular evento en Cartagena, y luego al frío escenario del teatro Colón.

Por eso nos preguntamos: ¿Para cuándo la participación, para antes o después de finalizado el gobierno Santos, o para cuándo la guerrilla sea realmente derrotada?

 

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