Los desafíos de la OIT en su centenario

Guy Ryder, director de la OIT durante la clausura de la 108 Conferencia el pasado 21 de junio de 2019. Foto OIT

La OIT necesita recuperar y fortalecer la función normativa para regular las nuevas formas organizativas del capital en Cadenas Globales de Suministro, las cuales buscan abaratar costos con mano de obra y rebajar impuestos.

Por Carlos Julio Díaz Lotero. Analista laboral ENS.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) nació en el marco del Tratado de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Desde entonces, la OIT ha fundamentado su accionar en la idea de que la paz duradera solo es posible en sociedades donde impere la justicia social, y ésta se logra si el Estado tiene mecanismos redistributivos de la riqueza que se genera con la actividad empresarial.

¿Qué hizo posible que en 1919 se hicieran estas consideraciones por parte de gobiernos y empresarios? Fue la Revolución de Octubre de 1917, que despertó  esperanzas en el movimiento obrero universal, señaló que era posible superar las precarias condiciones de existencia en que los había sumido el capitalismo  liberal, basado en la competitividad empresarial y en la precariedad laboral y salarial. La OIT, al ser alternativa de contención de la propuesta socialista, contribuyó al desarrollo del Estado de Bienestar, que tuvo un sentido protector del trabajo al reducir la pobreza y las brechas de la desigualdad.

El Estado tuvo un rol protagónico en la orientación de la economía y como garante de derechos, no solo individuales sino también colectivos; derechos como la seguridad social, el empleo, los ingresos, la vivienda, la educación, etc. En las conferencias de OIT los Estados establecieron estándares laborales internacionales mínimos, con el fin de evitar que la competencia empresarial se diera a costa de la ruina del trabajador.

Estas normas internacionales son los 190 convenios que OIT ha adoptado en las conferencias, sobre múltiples temas: libertad sindical, prohibición del trabajo forzoso, eliminación del trabajo infantil, igualdad de oportunidades, diálogo social, inspección del trabajo, promoción del empleo, formación profesional,  salarios, jornada de trabajo, seguridad y salud en el trabajo, seguridad social, seguridad social para trabajadores migrantes, protección de la maternidad, política social, protección del trabajador migrante y de los pueblos indígenas y tribales, entre otros. El último, este año, fue sobre violencia y acoso laboral.

Un siglo después el panorama internacional ha cambiado. La amenaza socialista ha desaparecido y la globalización neoliberal ha desmontado el Estado Social; el trabajo se ha mercantilizado, la mano de obra barata es nuevamente una estrategia de competitividad, y las políticas financieras especulativas de saqueo del aparato productivo y de la fuerza laboral han causado una fuerte recesión económica desde el 2008, de la que aún no se recupera.

La OIT afronta fuertes desafíos como consecuencia de la crisis financiera global, como son: la amenaza de guerras, el crecimiento del desempleo[i] y de la desigualdad[ii], el trabajo forzoso[iii], el trabajo infantil[iv], las migraciones[v], la contaminación, las brechas de género y generacional, entre lo urbano y lo rural, y entre el trabajo formal y el informal. Y últimamente los cambios tecnológicos vienen creando un tipo de empleo por medio de plataformas digitales que amplían la desigualdad. El peligro de guerra global y de violencias internas tiene su causa en la crisis económica, el desempleo, la pobreza, la creciente desigualdad y la injusticia social.

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Como respuesta a estos desafíos, la OIT creó una comisión para elaborar un informe con una serie de recomendaciones para ofrecer oportunidades de trabajo decente y un futuro para todos. Se plantearon recomendaciones relacionadas con: a) garantía de empleo y salario digno, b) protección social durante toda la vida, c) formación permanente, d) gestión concertada del cambio tecnológico, e) inversiones en la ruralidad, f) políticas de igualdad de género, y g) estímulo a las inversiones de largo plazo por medio de incentivos a las empresas.

Estas propuestas necesitan refinarse, pero sin lugar a dudas las inversiones de largo plazo, asociadas a actividades productivas en manufacturas avanzadas, requieren la revisión del modelo de desarrollo neoliberal, para que el Estado recupere el protagonismo en el direccionamiento de la economía, y particularmente en el control de la moneda, el crédito y la política cambiaria y comercial; y en el caso colombiano, excluya del mercado la seguridad social y democratice la propiedad rural.

El predominio y los ataques del neoliberalismo y del capital financiero contra la OIT han debilitado su función normativa y el sistema de control. Su relación con los Estados se viene reduciendo a un apoyo meramente técnico.

La OIT necesita recuperar y fortalecer la función normativa para regular las nuevas formas organizativas del capital en Cadenas Globales de Suministro, las cuales buscan abaratar costos con mano de obra y rebajar impuestos.

En la 105ª Conferencia de la OIT se intentó adoptar un Convenio sobre Trabajo Decente en las Cadenas Globales de Suministro, pero no fue posible. Por otra parte, las multinacionales y el sector empresarial desde hace ocho años lanzaron un virulento ataque contra la Comisión de Expertos de OIT, argumentando que sus interpretaciones sobre el derecho de huelga no tienen ningún sustento en los Convenios sobre libertad sindical.

Hoy la amenaza socialista ya no existe, pero la amenaza de guerra por la crisis y la geopolítica tiene en vilo la existencia de la especie humana en nuestro planeta. Razones más que suficientes para que la sensatez vuelva a la OIT, el único escenario tripartito dentro de la estructura de Naciones Unidas, y los derechos laborales contribuyan a la justicia social como soporte de una paz estable y duradera.

La ofensiva para rescatar a la OIT también hay que hacerla en el debate político y con la movilización social en cada una de las naciones, a fin de establecer el Estado Social y promover un modelo de desarrollo que garantice el trabajo decente y el bienestar general.


[i] Se calcula que en 2018 había 172 millones de personas desempleadas en el mundo, una tasa de desempleo del 5,0 por ciento

[ii] El 82% de la riqueza mundial generada durante 2018, fue a parar a manos de 26 multimillonarios, el 1% más rico de la población mundial, mientras que el 50% más pobre – 3.700 millones de seres humanos- no se benefició lo más mínimo de dicho crecimiento, según el reciente Informe de Oxfam.

[iii] La OIT estima que en cualquier momento dado de 2016, 40,3 millones de personas han estado sometidas a la esclavitud moderna. Esta cifra incluye 24,9 millones en trabajo forzoso y 15,4 millones en matrimonio forzoso.

[iv] En todo el mundo, 218 millones de niños de entre 5 y 17 años están ocupados en la producción económica. Entre ellos, 152 millones son víctimas del trabajo infantil; casi la mitad, 73 millones, están en situación de trabajo infantil peligroso.

[v] OIT estima que actualmente existen en el mundo 232 millones de migrantes, equivalentes a 3,1 por ciento de la población mundial. Las mujeres representan casi la mitad de los migrantes y uno de cada ocho tiene entre 15 y 24 años de edad. Los trabajadores migrantes contribuyen a la economía de sus países de acogida y las remesas de dinero que envían a sus hogares ayudan a desarrollar las economías de sus países de origen. Sin embargo, al mismo tiempo, es frecuente que los trabajadores migrantes tengan una escasa protección social y sean vulnerables a la explotación y al tráfico de personas

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