La vejez abandonada siempre ha sido política de Estado en Colombia

Imagen de referencia tomada de fiapam.org

De los 22,5 millones de ocupados que hay en Colombia, cotizan 9,3 millones, el 42. Pero probablemente ni la mitad de ellos alcance las  semanas mínimas de cotización para acceder a una pensión en la vejez.

Por Carlos Julio Díaz Lotero. Analista laboral ENS

Gabriel García Márquez en su novela El coronel no tiene quien le escriba, publicada en 1958, relata un drama social que tiene una impresionante vigencia en la Colombia de hoy. Narra la tragedia de un coronel veterano de la guerra civil, que lleva casi toda su vida esperando una carta en la que el Gobierno le anuncie la asignación de su pensión, a la que tiene derecho.

“Durante cincuenta y seis años -desde cuando terminó la última guerra civil- el coronel no había hecho nada distinto de esperar”. Todos los viernes de manera religiosa el coronel se vestía siguiendo un protocolo para ir al puerto donde atracaba la lancha de correos en espera de la correspondencia, que nunca le llegaba. No solo es víctima del engaño y el abandono de un Estado que le hizo una promesa que nunca le cumplió, sino también del asesinato de un hijo por motivaciones políticas, pues fue “acribillado nueve meses antes en la gallera, por distribuir información clandestina”.

El relato transcurre en un contexto que no ha cambiado mucho en tres cuartos de siglo: censura y manipulación de la opinión por los medios, persecución política, exterminio de la oposición, desplazamientos, y una violencia que se vislumbra en este pasaje magistral: “Este entierro es un acontecimiento -dijo el coronel-. Es el primer muerto de muerte natural que tenemos en muchos años”.

O sea que la violencia era la manera usual de morir en ese poblado de orillas del río Magdalena, donde suceden los hechos narrados, pero que simboliza a todo un país.

«Desde que hay censura los periódicos no hablan sino de Europa», dice el coronel en un aparte. “Lo mejor será que los europeos se vengan para acá y que nosotros nos vayamos para Europa. Así sabrá todo el mundo lo que pasa en su respectivo país”, remata.El ocultamiento de la realidad por la gran prensa ha sido permanente desde entonces.

No solo la violencia es responsable de la muerte, también lo es la política de abandono por parte del Estado, según lo dice García Márquez en su relato: “Dijo el coronel, por primera vez dándose cuenta de su soledad: todos mis compañeros se murieron esperando el correo”.

Pero a pesar de la tortura que el hambre y la enfermedad causan en el coronel y su mujer, asfixiada por el asma; a pesar de la poca solidaridad y la traición de los amigos, de las adversidades y el olvido a que lo tiene sometido el Estado, el coronel nunca pierde el espíritu crítico, el activismo político y, sobre todo, la esperanza, simbolizada ésta en un gallo de pelea que heredó de su hijo, y que se niega a vender pese a las presiones de la pobreza y de su esposa.

Esa esperanza había que alimentarla, no dejarla languidecer, como una forma de darle un sentido a su vida. Eso se ve claramente al final de la novela, del que se concluye que mientras exista la esperanza de un cambio y un mejor futuro, hay que seguir resistiendo:

-Y mientras tanto qué comemos- preguntó (su mujer), y agarró al coronel por el cuello de franela. Lo sacudió con energía.

-Dime, qué comemos.

El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

-Mierda.

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Como se ve, el drama de la vejez en el país lo plasma muy bien Gabriel García Márquez en esta breve novela. El DANE estima que en 2018 en Colombia había 6,3 millones de personas mayores de 60 años. Según el Ministerio del Trabajo, en el mismo año el programa Colombia Mayor cubrió a 1,5 millones de personas, que reciben subsidio de solo $70.000 mensuales. Además hay 2 millones de pensionados, la mitad de salario mínimo, y 2,8 millones de adultos mayores que no reciben ningún ingreso.

Este panorama tiende a empeorar. De los 22,5 millones de ocupados que hay en Colombia, cotizan 9,3 millones, el 42. Pero probablemente ni la mitad de ellos alcance las  semanas mínimas de cotización para acceder a una pensión. 

El enfoque de la protección de los derechos del adulto mayor por parte del Estado, se basa en garantizar acceso al Sistema General de Seguridad Social en Salud (SGSSS) en condiciones bastante precarias, y en suministrar auxilios económicos mediante el programa Adulto Mayor y los BEPS, que, como se puede ver, son bastante insuficientes para acceder a un mínimo vital.

La transición demográfica hacia un envejecimiento progresivo de la población, sumada a las políticas excluyentes y de alta precariedad social, pronostican para el futuro de Colombia una sociedad con un número creciente de ancianos en la miseria.

Por otra parte, el Gobierno y los fondos privados de pensiones proponen hacer en 2020 una reforma pensional con el fin de fortalecer el régimen de cuentas individuales, que ya mostró su fracaso en Chile, de donde se tomó el modelo. En ese país las tasas de reemplazo oscilan entre 26% y 28% para los pocos que se pensionan, lo que augura pensiones por debajo del mínimo vital. Los pensionados sobreviven entonces en la línea de pobreza.

Pero este sombrío futuro no es inevitable. El restablecimiento y fortalecimiento de sistemas públicos de reparto es una tendencia mundial. Varios países en Europa y América Latina han terminado con los sistemas privados de capitalización individual, mostrando que no solo es posible sino deseable ese cambio. Esas experiencias deben servirnos para diseñar un sistema de pensiones y de seguridad social bajo los principios de la OIT.

Si dejamos que las reformas sigan la tendencia de profundización neoliberal, se avecina una tormenta social. Las pensiones reflejan el comportamiento y calidad de las relaciones laborales; si éstas son precarias o predomina el empleo informal, las pensiones serán pocas y precarias. En cambio sí tenemos una política activa de empleos formales y condiciones laborales con estabilidad y buena remuneración, fortalecemos el sistema de pensiones, su viabilidad y la suficiencia de las mesadas.

Debemos tejer lazos de unidad y solidaridad en nuestro país con muchas organizaciones sociales, lo mismo en América Latina, para que juntos construyamos un movimiento social similar al NO + AFP de Chile, que hoy tiene a los fondos privados en jaque. En este país los ancianos de hoy y de mañana si tienen quién les escriba y un Estado que los proteja de la avaricia del capital financiero.

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