¿Crisis cooperativa o dirigencia débil?

Creo que vivir quiere decir ser partidarios. Quien vive verdaderamente no puede no ser ciudadano y tomar partido. Odio a los indiferentes… La indiferencia actúa poderosamente en la historia. Actúa pasivamente, pero actúa.
Antonio Gramsci

Por Oswaldo León Gómez Castaño
Gerente Corporativo de la Cooperativa Financiera Confiar
“Militante de la cooperación”

 

El mal-estar, con su potente dinámica depredadora, que inquieta al cooperativismo, no es gratuito: es un espejo donde se proyecta el rostro que se ha acogido de un tiempo a esta parte. En ese sentido, más que el producto de lo que aparentan las formas de lo exterior, lo que pasa y pesa es la consecuencia lógica de lo que se ha venido produciendo como proyecto cooperativo al interior: Empresas tradicionales exitosas, que no son escenarios reales de cooperación.

El cooperativismo decidió darle la mano al mundo seductor de la economía neoliberal, facilitándole las estructuras para consolidarlo, como es el caso del cooperativismo de trabajo asociado, y se creó “un monstruo”: las CTA, dedicadas a la intermediación laboral, sin querer admitir que con ese gesto se elegía un camino que nos alejaba del propio, por hablar sólo de un camino de equivocación y no señalar otro más azaroso, como es la trampa de la salud, de la que también somos malos actores.

Por ello, aunque sigamos vociferando, con un lenguaje ya casi vacío de sentido, que hay que defender a Saludcoop y al cooperativismo de trabajo asociado, con nuestros actos construimos lo contrario, lo indefendible. Hemos olvidado, o quizás nunca lo hemos considerado, que la palabra hecha acto es la verdad en ejercicio, lo contrario es discurso vano, palabras huecas, y por huecas erráticas, que a la larga cosechan fracasos y nos hacen sordos, hasta imponer incluso una especie de censura camuflada a quienes proponen posturas críticas o simplemente diferentes a lo existente.

El cooperativismo y sus dirigentes terminaron adaptados a estas lógicas. Las pocas conquistas (si es que alguna vez se han tenido) se fueron diluyendo y se cambiaron por una adaptación servicial integrada al modelo de desarrollo del país y del nuevo orden global, que ingenuamente en el escenario de provincia llamamos “Cultura E”. La cual no es otra cosa que la consolidación de la economía de mercado (eficientista por excelencia), esto es, la privatización en serie y en serio del poder de los medios masivos de comunicación y de las tecnologías digitales y de banalización de la cultura. Un contexto en el que la gente cuenta si compra, pues paga por la salud, la educación y la seguridad que le debería brindar el Estado, y con el poco dinero que le queda termina arrinconada, adquiriendo a manos llenas cositas, artefactos, cada vez más baratos: televisores, celulares, carros, zapatos y todo tipo de cachivaches.

Es este el mundo que los cooperativistas estamos ayudando a construir, distinto, muy distinto del que propone la teoría de la cooperación. Para tal efecto conviene recordar las palabras de un antiguo Director de la Alianza Cooperativa Internacional —ACI—, publicadas en el libro Las cooperativas en el año dos mil: “La verdadera diferencia entre la cooperativa y otra clase de organización económica se basa precisamente en que la cooperativa subordina las técnicas económicas a las ideas morales. Si no existiese esa diferencia, no tendría razón de ser el movimiento cooperativo”.

Y agrega esta publicación en otro de sus apartes: “Deberá existir un gran número de dirigentes —mujeres y hombres— cuyo papel no consista solamente en buscar el éxito de las cooperativas, sino que trabajen igualmente en la organización de una nueva sociedad. Los mejores dirigentes no verán la cooperativa como un fin en sí mismo, sino más bien como el medio para perfeccionar el orden social. Sin la participación de tales dirigentes elegidos, los administradores y tecnócratas se dejarán llevar por la tendencia de considerar a las cooperativas como simples negocios y desearán orientarlas y dirigirlas con las normas propias de la empresa lucrativa”.

Todo esto para afirmar que la crisis del cooperativismo colombiano no es la del modelo cooperativo como tal, sino la de quienes conducen las cooperativas: sus dirigentes, quienes en la mayoría de los casos constituyen la tecnocracia (gerentes), una cúpula inexpugnable y cerrada que no acepta ninguna crítica, porque sustenta su verdad en las cifras del balance, en el flujo de caja de la entidad cooperativa que dirige y en las posiciones de privilegio que alcanza en el cooperativismo nacional e internacional. Una cúpula que, además, no se reflexiona y menos aún le atañen la filosofía y la doctrina cooperativas y su coherencia con las acciones y los logros obtenidos, que se halla muy alejada del interés de la gente y que poco practica la cooperación, ese proceso social que se lleva a cabo pensando y actuando en común para el beneficio de la colectividad, los asociados y la comunidad.

La dirigencia cooperativa se ha sumido en la indiferencia. Da la impresión que no le interesa el proyecto cooperativo, el proyecto colectivo. Su afán se centra en el resultado empresarial y el éxito personal, muy poco se autocritica y por nada se deja tocar de la crítica, no la acepta, no le gusta. La dimensión del acto cooperativo, que es la solidaridad y la cooperación, no la entiende conjugada con los actos económicos y termina replicando el modelo del capital que le apuesta fundamentalmente a la acumulación y la ganancia, a la que le antepone una nueva estrategia de marketing denominada responsabilidad social empresarial.

El acto cooperativo es un acto humano que ennoblece y permite la satisfacción personal y la felicidad colectiva, que propone ideales verdaderos de transformación y desarrollo. Un acto, una acción que no abusa de la necesidad y la docilidad de la gente ―un efecto aletargante y permanente―, que todo lo permiten y que conducen, además, a la pérdida de la memoria.

Lo mágico es que el cooperativismo verdadero, el que hacen mejor y más auténtico las pequeñas cooperativas, que son la mayoría, sigue dando la batalla, como Don Quijote, Ahí sigue vivo, con ese adjetivo que lo resume: quijotesco, con el cual podemos designar las empresas nobles y a veces casi que imposibles. El cooperativismo sigue vivo en millares de personas cuya divisa es la bondad y su camino el servicio al prójimo.

Ahí sigue, como si supiera que la derrota tiene más dignidad que la ruidosa victoria, como si se hubiera triunfado, porque “después de todo, las cosas grandes con intentarlas basta”, le decía el Quijote a su querido Sancho. Y algo grande es no seguir sumidos en tanta conformidad, que empieza a rayar en un ambiente cómplice.

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