Mientras exista el capitalismo, el sindicato no desaparecerá, dice el sociólogo del trabajo Ricardo Antunes. Entrevista.

Ricardo Antunes, sociólogo del trabajo.

El brasileño Ricardo Antunes es un importante sociólogo del trabajo, docente de la Unicamp y uno de los principales nombres en América Latina en los debates del mundo del trabajo.

Para este sociólogo, el movimiento contra los trabajadores que se está dando en Brasil, donde ya fue sancionada la ley de tercerización y la Cámara de Diputados debate una reforma pensional que representa la mayor pérdida de derechos de la historia para los trabajadores brasileros, esta situación era algo esperado. El gobierno de Michel Temer, dice, fue impuesto para devastar la legislación social y laboral.

En su libro “¿Adiós al trabajo?”, del año 1995, Antunes elaboró ​​el concepto que llamó “esclavitud del siglo XXI”: un mundo del trabajo basado en la precarización y el desgarramiento de las relaciones de trabajo. “En la esclavitud el trabajador era vendido, en la subcontratación, se alquila”, decía entonces. Hoy, 22 años después, la figura de la tercerización es una patente y dramática realidad en todo el mundo.

Antunes cree, sin embargo, que es justamente esa situación límite en que se encuentra la clase trabajadora, lo que va a generar la unidad necesaria para la reacción. La huelga general del 28 de abril en Brasil la interpreta como punto de inflexión del movimiento de lucha de los trabajadores. .

Recientemente Antunes concedió una entrevista a CartaCapital, de la que tradujimos y publicamos algunos apartes. En ella se refiere a lo ocurrido en el mundo del trabajo en los últimos años, a la naturaleza de las reformas impuestas por el gobierno Temer en Brasil, al concepto del “trabajo esclavo”, al poder de los sindicatos, al futuro del trabajo, entre otros temas.

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Ricardo Antunes.

En el libro “Adiós al trabajo” usted decía que la tendencia del mercado de trabajo era hacia la tercerización sin límites, y que los trabajadores se volverían algo como “esclavos del siglo XXI”. Dentro de ese marco, ¿cómo considera las reformas del actual gobierno de Brasil? 

Una de las principales ideas que presentaba en el libro era que estábamos penetrando en una era de precarización estructural del trabajo a escala global. Lo que en aquel momento era una relativa excepción: el trabajo precario, informal, tercerizado, se ha convertido en regla. Decía que el trabajo contratado, regulado, con derechos, tendería cada vez más a convertirse en la excepción. La tragedia es que ese cuadro se consolidó. Estamos en un proceso de precarización muy acentuado. En la era digital caminamos hacia un mundo del trabajo donde la condición de precariedad es la tendencia dominante. Contrario a la tesis de que la era de la tecnología digital traería un admirable mundo del trabajo, vivimos una situación que intensifica la precarización. Conozco las experiencias de la India, de China, de varios países de Europa y Estados Unidos, además de Brasil, y veo que esta tendencia es muy profunda en las distintas categorías del llamado nuevo proletariado, trabajadores que reciben paga sólo por el trabajo realizado: no hay contrato y no tienen ningún derecho. Muchas empresas transnacionales y grandes corporaciones se adhirieron. En el Reino Unido, los sindicatos dicen que ese tipo de contrato ya abarca a cerca de un millón de personas, y eso pasa en todo el mundo. En la India el cuadro es más brutal.

¿Cuál es el escenario para Brasil?

El cuadro brasileño, por lo que vimos en los últimos años, es que no hubo reducción en el nivel de precarización del trabajo. El gobierno de Lula y parte del gobierno de Dilma crearon 22 millones de empleos porque el crecimiento económico fue fuerte. Sin embargo, fue dominante el trabajo precarizado, que se acentuó tras la crisis de 2008, que devastó el mercado de trabajo. El gobierno Temer fue impuesto para devastar la legislación social protectora del trabajo en Brasil.

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La reforma laboral que se tramita en Brasil permite el alargamiento de la jornada de trabajo hasta 12 horas, el trabajo intermitente, el home office … Si al mismo tiempo el trabajador se vuelve “esclavo” por trabajar sin límites. ¿Cómo contribuye eso a debilitar la identidad del trabajador?

La esclavitud es una llaga en la clase dominante brasileña, que se acostumbró y le gusta la esclavitud. ¿Por qué hago esta alusión a la esclavitud? En la esclavitud el trabajador era vendido, en la subcontratación se alquila la fuerza de trabajo. Es evidente que no estamos volviendo al trabajo esclavo del año 1500, estamos hablando de una esclavitud incluso digital, del trabajo tercerizado, precarizado, sin derechos. Estamos en 2017, y si ese proceso no se obstaculiza, el trabajo volverá a la condición que tenía antes de 1917. En la empresa usted tiene un trabajador contra el otro, uno no puede conversar con el otro y las resistencias y acciones sindicales son reprimidas. El salario es individualizado. Sólo gana cuando se produce y quien produce más, gana más. Y quien produce menos, pierde el lugar. Es el reino de la competencia salvaje. Esto macula a la clase trabajadora. Estamos en franco proceso de uberización del trabajo a escala mundial, sea el trabajo digital, sea el manual. El principal temor del trabajador con derechos es el desempleo o la tercerización. El mayor sueño del trabajador tercerizado es tener derechos. La tragedia del capital es que no puede arrebatar los coágulos que emergen del mundo del trabajo y que llevan a las rebeliones.

¿Es posible evaluar que la huelga general del 28 de abril fue un embrión por esa rebelión?

¿Por qué la huelga tuvo éxito? Porque la clase trabajadora empieza a percibir que la tercerización es para arrebatarle derechos, que la reforma pensional es para hacerle morir sin jubilarse. Esas son las cuestiones vitales que hacen que la fractura y la fragmentación de la clase trabajadora no sea un rasgo inmutable. Por el contrario, es un polo de aproximación, de solidaridad y de conciencia. Es claro que en un momento de crisis económica es difícil para el trabajador hablar “voy a entrar en una huelga”, cuando sabe que puede perder el empleo que casi no tiene. Pero tiene el otro lado: él está percibiendo que con ese gobierno totalmente destructivo no hay otra alternativa distinta a la resistencia y la confrontación.

En un momento de crisis y polarización política como lo que vivimos, ¿cómo cataliza la pérdida de derechos la falta de conciencia de clase del trabajador que no se reconoce como tal?

La conciencia de clase es un proceso muy complejo. Hay casos de empresas de tercerización que transfieren trabajadores y trabajadoras cuando empiezan a agruparse y discutir sus condiciones de trabajo, es una tendencia del capitalismo de nuestro tiempo. Pero el otro lado es que, para tragedia del capitalismo, el mundo del capital no se reproduce sin alguna forma de interacción con el trabajo vivo. Y de esa interacción, nacen, florecen rasgos de acercamiento y solidaridad entre los trabajadores.

¿Entonces es usted un optimista en cuanto al poder de los trabajadores si se reconocen, se organizan en sindicatos y combaten la precarización?

Yo no soy optimista, yo investigo y acompaño. Yo viajo y observo ese movimiento en muchos países. Estamos viviendo una era contrarrevolucionaria, una onda conservadora muy fuerte. Es el escenario de la destrucción, pero eso no elimina la confrontación. Es difícil, se reprime, como vimos en el comportamiento de la policía en la Huelga General en Brasil. En el pasado enfrentamos 20 años de represión de la dictadura, y derrotamos a la dictadura. Aquellos teóricos que afirman que no hay lucha entre las clases naturalmente, no saben de lo que están hablando. La conflagración de nuestro tiempo es la conflagración entre la totalidad del trabajo social frente a la totalidad del capital.

¿La Huelga General en Brasil puede ser interpretada como un punto de inflexión de ese movimiento?

Puede. Era muy difícil para la clase trabajadora unirse después de la derrota del gobierno del Partido de los Trabajadores. La clase trabajadora salió de él (del gobierno petista) muy herida, pues fue un gobierno en el que ella jugó mucha expectativa. No por casualidad, no hubo huelga general contra el impeachment contra Dilma. Al mismo tiempo, aquellos que querían el impeachment vieron que el gobierno Temer no es lo que ellos imaginaban. Y hoy es diferente. La clase trabajadora percibe que la externalización es una cuestión vital, que se rompe con el trabajo. El desempleo es vital porque rompe el trabajo. La reforma de la seguridad social es vital, ya que lleva al trabajador a la muerte cuando se retira, no tendrá tiempo para gozar de la vida después del trabajo. Entonces esas cuestiones vitales, con el cuadro político actual, provocan esa inflexión.

Usted habla bastante en la unión de los trabajadores y tradicionalmente eso se hace vía sindicatos. ¿Existe organización sin la fuerza del sindicato?

Mientras exista capitalismo, el sindicato es ineliminable. Es una especie de herramienta de la clase obrera. La herramienta puede estar oxidada,amasada, torcida, pero la clase trabajadora sin los sindicatos sufre más. Necesita decir en ese momento que quiere sindicato, sí. Por otra parte, es el precepto de la Convención 87 de la OIT: el sindicato debe ser autónomo en el sentido político, económico e ideológico.

Esta pregunta es casi una prueba, pero en el fondo la discusión se resume a eso: ¿cuál es el futuro del empleo?

Si la lógica destructiva que preside el mundo actual tiene vigencia en el mundo del trabajo, tendremos un trabajo tercerizado, del contrato cero hora y trabajos intermitentes. Y como yo digo en mi próximo libro: si tenemos suerte, seremos siervos. Pero la cosa más genial de la historia es que es imprevisible, es un emprendimiento cotidiano. El trabajo que estructura el capital desestructura a la humanidad. El trabajo que estructura a la humanidad –porque el trabajo es una actividad vital– es incompatible con el trabajo que el capital quiere imponernos. Es el enigma del siglo XXI. Por eso es que es ficción la idea del fin del trabajo. Como es un horror una sociedad en la que sólo se trabaja. El trabajo debe ser fundado en ser una actividad vital, que produzca cosas útiles, de acuerdo con el tiempo socialmente disponible. Y eso es un imperativo categórico para la sociedad del siglo XXI. Y no me diga que el capitalismo es eterno. No está en colapso, pero está en crisis. Porque sólo se reproduce destruyendo. Destruye la fuerza humana que trabaja, destruye la naturaleza, además de la destrucción por la guerra. Los años áureos del capitalismo, de la modernidad, son cosa del pasado. ¿Cuál es el futuro del empleo? Es entre la servidumbre y la emancipación.

 

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