José Luis Méndez, su muerte no sólo sigue impune sino que corre el riesgo de no ser reparada

Reparación a las víctimas en el sindicalismo

 La Unidad de Víctimas ha registrado casi 5.5 millones de víctimas directas del conflicto colombiano desde 1985, o sea el 11,5% de la población, un buen número por cuenta de la violencia contra el sindicalismo, pues en ese lapso murieron asesinados unos 3 mil sindicalistas, cuyas víctimas buscan ahora ser reparadas al amparo de la legislación sobre el tema.

Uno de esos asesinatos ocurrió en 1988 en la persona de José Luis Méndez Tobón, activista del Sindicato de Trabajadores del Departamento de Antioquia (Sintradepartamento), crimen que hoy, 25 años después, no sólo sigue impune sino en riesgo de no tener reparación, dadas los dificultades procesales que ha tenido el caso, uno de los muchos que aún no han sido reconocidos por la Unidad de Víctimas. La siguiente es la historia del caso, contada por la hija de Méndez Tobón.

José Luis Méndez Tobón no alcanzó a conocer a Luisa Fernanda, su niña primogénita. Lo asesinaron el 2 de noviembre de 1988, cuatro meses antes de que ella naciera. Así que no pudo ver cumplido el anhelo de que naciera mujer. “Si Dios existe, que me lo demuestre dándome una mujer”, había dicho.

Además la muerte súbita de su padre es la causa de que Luisa Fernanda hoy no lleve su apellido. Su madre la debió bautizar con su apellido de soltera, y con el ajuar que le compró con los 80 mil pesos de ayuda que le dio Sintradepartamento, el sindicato al que pertenecía José Luis, el hombre con quien compartió los últimos diez años de su vida, exactamente los mismos que él llevaba como trabajador del Departamento.

      José Luis Méndez Tobón.

En efecto, José Luis se había vinculado a la planta de trabajadores oficiales del Departamento de Antioquia en 1978, como parte del grupo encargado del mantenimiento de la carretera que de Medellín conduce a Remedios, municipio del nordeste antioqueño.

No tardó mucho en descubrir su afecto por las causas gremiales, y entonces se afilió a Sintradepartamento, sindicato de larga trayectoria de lucha en la Colombia de entonces, creado en el año 1945, en plena construcción de la carretera Medellín-Turbo, mejor conocida como la Carretera al Mar. Y nació como respuesta organizada de los obreros ante las insalubres y precarias condiciones laborales y salariales que padecían.

Y José Luis abrazó con fervor la causa sindical. Era de los fijos en las reuniones, marchas y demás manifestaciones de la lucha que a lo largo de los años 80 debieron librar los trabajadores contra una patronal que por todos los medios intentaba debilitar la organización sindical y desmontarles derechos adquiridos.

Varios años se metió como activista a la Junta Cívica de Remedios, una de las expresiones sociales de masas que jugó un papel histórico en las luchas reivindicativas por mejores condiciones de vida en la región, y en la solución de necesidades sentidas por la población. También denunció abusos del destacamento del Ejército que hacía presencia en la zona, y el acoso de los grupos paramilitares que ya para entonces habían penetrado en ésta, no sólo para enfrentar a la guerrilla sino también para exterminar a la oposición política legal, entonces encarnada en el partido Unión Patriótica, que había ganado las elecciones en casi todo el nordeste de Antioquia. En ese contexto precisamente se dio la pavorosa masacre en el vecino municipio de Segovia, que dejó 43 muertos y por la cual recientemente fue condenado César Pérez García, “cacique” liberal de la región en esa época.

La muerte de José Luis marca, además, el inicio de una serie de 9 asesinatos y otras violaciones a la vida, la libertad y la integridad que se presentaría contra miembros de Sintradepartamento desde 1988 al año 2007. Esos hechos criminales son, sin duda, una de las causas de que este sindicato, bastión del llamado “Sindicalismo Independiente”, que a lo largo de su historia libró incontables batallas, propias y ajenas, haya visto debilitado al máximo su papel en la lucha por la defensa de los intereses de las y los trabajadores del Departamento de Antioquia. En sus mejores tiempos Sintradepartamento llegó a tener 2.000 afiliados, hoy solo cuenta con 50.

Según testimonios, días antes de que lo asesinaran, José Luis había tenido una agria discusión pública con un miembro del Ejército. “Ustedes son los asesinos del pueblo”, le dijo al militar. Una semana después fue asesinado de dos disparos en la cabeza.

Ese día su mujer estaba en su casa en Medellín, esperando que pasaran los días y los meses para que naciera su bebé. En sus planes estaba que, una vez naciera, se iría a vivir a Remedios con su marido, quien para ello ya había comprado un apartamento en este municipio. También en sus planes estaba contraer matrimonio legal, porque hasta entonces habían convivido en unión libre.

Los médicos temieron que el shock que en su madre produjo el asesinato de José Luis le complicara su estado de salud, y por tanto su parto. Pero finalmente Luisa Fernanda nació sin complicaciones, y además con un notable parecido físico a su padre, el mismo que se acentuaría con los años: es su viva imagen. Le quedó sí una fobia a la soledad y la oscuridad. “Hasta los nueve años dormí con la luz encendida, y apenas estoy aprendiendo a dormir sola”, dice.

Desenterrando un pasado clausurado 

Los restos de José Luis no fueron desenterrados pasados los cuatro años, como es costumbre. La familia quiso esperar dos años más, hasta que Luisa Fernanda tuviera edad suficiente para participar del acontecimiento.

“Agradezco a mi abuela y a mi mamá que me hayan dejado ver los huesos de mi papá, el agujero de uno de los disparos en la clavícula, sus uñas y el cabello tan largo como el mío. Al menos lo pude ver físicamente, así haya sido su cadáver”, comenta al respecto.

Sin embargo, en su familia la muerte de José Luis siempre se ha tratado como un tema tabú, casi intocable. Tanto que de niña ella tuvo la idea, infundada por su familia, de que su padre había muerto por efecto de una bala perdida; que había sido un hombre bueno y solidario, que hasta se endeudaba para ayudar a aquellos que no tenían cómo pagar sus cuentas o comprar comida.

Sólo hasta cuando tuvo diez años le contaron que en el asesinato de su padre participaron militares, y tendrían que pasar dos años más para que supiera, gracias a una imprudencia de su tía abuela, que lo mataron por ser un activista político y sindical. Esto formó en ella una idea negativa de los sindicalistas y los movimientos de izquierda. Todo lo que se relacionara con ellos le generaba rechazo. “Tuve, y todavía tengo, un resentimiento social. No se trata de hablar mal de nadie pero no me gusta involucrarme en las luchas sociales. Nunca asisto a las marchas o asambleas de la universidad, porque fue eso lo que me hizo crecer huérfana de padre”, dice.

Aunque, en su condición de estudiante de último año de historia en la Universidad de Antioquia, es inevitable que en ella se desarrollen gustos y comportamientos similares a los de su padre. Como la música, por ejemplo, lo mismo que la lectura de algunos autores, como Nietzsche. “La sangre llama. Desde los diez años me encanta la música de protesta: Violeta Parra, Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa”, dice, esta vez con una sonrisa.

En busca de la reparación

En el año 2005 se promulgó la Ley Ley de Justicia y Paz que incluye el capítulo de reparación de víctimas; ley en la que la familia de José Luis, especialmente una hermana suya, vio la oportunidad de buscar reparación por parte del Estado. Empezaron entonces a acopiar la documentación requerida en el proceso, sin sospechar siquiera lo complicada que sería esa empresa.

Es ahí cuando Luisa Fernanda, ya con dieciocho años de edad, se involucra de lleno en el rescate de la historia y la memoria de su padre, de la cual sólo sabía lo que le había contado su familia, o sea casi nada. Le ayudó a su tía en la búsqueda de documentos y pruebas que demostraran que había sido asesinado por miembros del Ejército. ”En Internet escribí el nombre completo de mi papá, y me llevé una gran sorpresa cuando encontré un documento que explicaba quién era, y daba detalles de su muerte”, dice.

No encontró artículos de prensa que registraran su asesinato, pero sí dos textos que resumían las circunstancias en que éste se produjo:

“Ocho días antes, José Luis Méndez había tenido una pelea, cuando se encontraba borracho, con el Mayor Blanco, adscrito al Batallón Bomboná. En medio de la disputa le había dicho al Mayor que él era un asesino del pueblo. El día de su asesinato, el Ejército, con el Mayor Blanco a la cabeza, había llegado al casco urbano del municipio a eso de las 7 de la noche”.

 “De acuerdo con la versión del sindicato, los militares se lo llevaron a la fuerza del lugar donde estaba departiendo con unos amigos, y poco después se escucharon varios disparos. El hecho se presentó hacia la media noche. El cadáver fue encontrado cerca al Palacio Municipal con dos orificios de bala localizados en la frente y el mentón.

 La lectura de estos documentos le dio a entender que su padre había muerto injustamente, luchando por sus derechos y los de otras personas, al tiempo que comprobó que los rumores que de niña escuchó acerca de su muerte tenían mucho de cierto. Entonces derramó todas las lágrimas que nunca había derramado por él.

“A nosotros no nos consta que el Ejército haya asesinado a mi papá, pero si eso es lo que han dicho siempre y está escrito en algunos documentos, es por algo. En ese sentido creo que el Estado tiene la obligación de repararnos, porque ellos perfectamente hubieran podido acusarlo de atropello a la autoridad, pero optaron por matarlo”, concluye Luisa Fernanda.

Pero quiso saber más y siguió buscando. Y en esa búsqueda acompañó a su tía a la oficina de la Fiscalía en el municipio de Remedios, donde les informaron que no existían registros del crimen porque los archivos se quemaron. “¿Cómo es posible que nos digan que no hay documento que certifique el asesinato de mi papá, como si se tratara de una simple muerte natural?”, se pregunta, indignada.

 “La muerte de mi papá no puede quedar impune. Yo espero que por lo menos nos indemnicen, no solo económica sino sicológicamente, porque aunque yo ya superé todo eso, crecer sin papá crea traumas y yo crecí sin él, porque me lo arrebataron”, agrega, al tiempo que se queja por el olvido en el que ha entrado el caso.

 “No quiero herir susceptibilidades, pero la historia de mi padre me ha hecho pensar que defender los derechos del pueblo es bueno e importante, pero es un campo muy desagradecido. Mientras luchas, todos están contigo, pero después te olvidan”, anota.

También es consciente de que el proceso de reparación a víctimas en el que se ha embarcado su familia, abre unas heridas que aún no se han cerrado. Pero ese es un precio que hay que pagar para que el caso de su padre se conozca y el Estado repare por lo que le hicieron. Aunque en su caso personal existe una dificultad adicional: demostrar que ella es su hija, puesto que no lleva sus apellidos. Pero está dispuesta a hacerse la prueba de ADN para comprobarlo.

“El dinero no lo es todo, pero nos ayudaría”, dice. Sobre todo ahora que tiene planes de hacer su Maestría en Historia una vez se gradúe de la universidad.

“Si como producto de la reparación recibo un dinero con el que pueda hacer mi maestría, podré decir entonces que esa maestría me la dio mi papá”, concluye, mientras sigue escuchando la letra de la canción que más se lo recuerda:

 

“Dirán que pasó de moda la locura,
dirán que la gente es mala y no merece,
más yo seguiré soñando travesuras
(acaso multiplicar panes y peces).
Yo no se lo que es el destino,
caminando fui lo que fui.
Allá Dios, que será divino.
Yo me muero como viví”.

 

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